sábado, 19 de agosto de 2017

Vidas de hotel


Vidas de hotel
Selección, prólogo y notas de Eduardo Berti
Adriana Hidalgo. Madrid, 2017.

Los hoteles, como el tren, pueden considerarse en sí mismos un género literario. Los grandes hoteles, los hoteles de lujo, constituyen el escenario preferido de la literatura más cosmopolita, de la que hace soñar al lector común con una vida fuera de su alcance; la literatura costumbrista del siglo diecinueve y principios del XX, prefería las pequeñas pensiones galdosianas (el adjetivo lo dice todo), donde se alojaban los jóvenes ambiciosos que iban a la conquista de la capital.
            La antología que ha reunido Eduardo Bertí es, como la mayor parte de las antologías, un tanto caprichosa. Hay obras maestras del relato e insignificantes naderías, aunque una de ellas, venga firmada nada menos que por Chéjov (su relato humorístico, de caducada comicidad, “Los extraviados”, ni siquiera transcurre en un hotel), y otras, “Cuentos de la habitación 211”, por destacados representantes del microrrelato, ese subgénero tan propicio a simple juego de ingenio y a los ejercicios de taller.
            De la literatura española, tan pródiga en ellos como cualquier otra, solo se selecciona un cuento, si bien espléndido: esa historia de amor imposible, apenas entresoñado, que es “El dúo de la tos”, de Clarín.
            Si yo tuviera que hacer una selección de esta selección, comenzaría por William Trevor y su “Hotel de la Luna Holgazana”, un relato policíaco –sin policías– que es también una alegoría de la vejez; seguiría con Roald Dalh, que sabe crear misterio y tensión a través de los hechos más cotidianos.
            El tiempo resulta inmisericorde con algunos de estos cuentos: al arrugarse nos dejan ver sus trucos y costuras. Julio Cortázar, en “La puerta condenada”, reescribe un relato de medio siglo antes que encontramos unas páginas más allá, “El número 13”, de M. R. James: en los dos hay una puerta que da a una habitación que no existe, pero en la que se escuchan ruidos y gemidos.
            Hay relatos de una página, apenas una ocurrencia o un apunte en el cuaderno de un escritor, como el de Somerset Maugham, y otros que se desarrollan morosamente y requieren del lector un ejercicio de paciencia. Es el caso de “En Isella”, de Henry James, primero solo la crónica de un viaje a pie entre Suiza e Italia y luego el retrato de una mujer apasionada, como las que aparecen en las Crónicas italianas de Stendhal y en el imaginario de los viajeros del grand tour.
            O. Henry sigue conservando su encanto, el de la Nueva York de otro tiempo y la sorpresa final. Nos defrauda Dino Buzzati, con su banal costumbrismo kafkiano; también Katherine Mansfield y esa historia de quienes creen adular a la hermana de una baronesa cuando se trata de la hija de una costurera. Un cuento se la juega en el final. Con un poco de habilidad, es fácil captar la atención del lector, como la de un niño, pero luego hay que saber mantenerla y no terminar de cualquier manera, con un chiste sin gracia, dejándole la sensación de que ha perdido el tiempo.
            Ocurre ello, con más frecuencia de la necesaria, en estos relatos unidos por el escenario y la casualidad. El prólogo y el epílogo del compilador se encuentran así entre lo más interesante del volumen, con su recuento erudito y su compendio de anécdotas sobre algunos hoteles famosos (aunque sitúa en el Ritz de Nueva York (hay dos Ritz-Carlton en Nueva York: uno reciente en Central Park y otro en Battery Park) una anécdota que se suele contar referida al Waldorf Astoria.
            Hoteles literarios se titula un libro de Nathalie de Saint Phalle que Eduardo Bertí cita en algún momento. Menos que las historias anodinas que un escritor de hace un siglo, famoso o no, ha situado en un hotel nos seducen las historias de gente famosa que se ha alojado en ellos: Nabokov en el Palace Hotel de Montreux, junto al lago Leman, Agatha Christie en el Pera Palas de Estambul; Marina Tvietaieva preparando las maletas en el Hotel Innova de París, donde ha vivido los dos últimos años, para regresar a la URSS y enfrentarse con su destino; Julio Camba en el Hotel Pensilvania, una ciudad dentro de la ciudad; Hemingway redactando Por quien doblan las campanas en el hotel Ambos Mundos, entre las calles Obispo y Mercader de La Habana; Pedro Salinas encontrándose con su amante, Katherine Whitmore en la cafetería del St. Moritz frente al Central Park (hoy Ritz-Carlton); Rainer María Rilke escribiendo desde al Hotel des Bergues, en Ginebra, a la princesa Marie von Thurn und Taxis; Gustav von Aschenbach en el Hotel des Bains, en el Lido veneciano.
            ¿Por qué los libros de cuentos se venden menos que las novelas? Una novela tiene un principio y un final, un libro de cuentos docenas de principios y finales, cada pocas páginas debe volver a conquistar nuestra atención. Y sin son cuentos de varios autores, las distintas calidades y texturas provocan a menudo el rechazo del lector.
            Las referencias, centrales o muy secundarias, a esos lugares de paso que son los hoteles no bastan para unificar los capítulos de Vidas de hotel. El resultado no es sino una heterogénea, caprichosa colectánea, con alguna pieza excepcional y bastantes prescindibles o intercambiables.

sábado, 12 de agosto de 2017

Denise Levertov, poesía y pensamiento


Pausa versal (Ensayos escogidos)
Denise Levertov
Traducción de José Luis Piquero
Vaso Roto. Madrid, 2017.

Como “testimonios de vida vivida” define Denise Lavertov a los poemas. Por eso Pausa versal, sus ensayos escogidos, es un libro de crítica lleno de referencias autobiográficas. Uno de sus capítulos, sin embargo, nos previene contra los excesos del autobiografismo en literatura.
            Denise Levertov (1923-1997) nació en Gran Bretaña, pero lo mayor parte de su obra la desarrolló en Estados Unidos, siguiendo un camino contrario al de Eliot y similar al de Auden.
            En el “Esbozo autobiográfico” que cierra el volumen nos informa que su padre fue un judío converso ruso, primero profesor en la Universidad de Leipzig y luego, tras establecerse en Inglaterra, sacerdote de la iglesia anglicana; su madre era galesa, miembro de la Iglesia de Escocia. Apenas recibió una educación formal; se educó en casa, sin el sentimiento de pertenecer a una comunidad: “Para los judíos, gentil; para los gentiles (laicos o cristianos), judía, o al menos medio judía (lo que era bueno o mano según su grado de antisemitismo); para los anglosajones, celta; en Gales, una londinense que no solo no hablaba galés, sino que no estaba imbuida de las costumbres galesas”.
            Sus notas autobiográficas se limitan a la infancia. “Todo lo que ha sucedido en mi vida desde entonces –quiere decirse, todo lo que tiene alguna relación con mi vida como poeta– estaba de algún modo prefigurado en esa época”.
            La exhibición pública de la intimidad le parece deplorable. En el capítulo “La biografía y el poeta” glosa algunos poemas de Sharon Olds (sin citar su nombre) muy significativos al respecto. Para ella, el desahogo, el vómito confesional, el confundir al lector con el psiquiatra es lo contrario de la literatura. Lo mismo ocurriría con los poemas de amor: “una sensualidad evocada de un modo restringidamente anecdótico es menos erótica que aquella menos explícita, más estilizada, más misteriosa”.
            El capitulo dedicado a Anne Sexton nos advierte contra la tendencia (cada día más frecuente) de considerar los problemas mentales de un autor (y en el caso de Sexton, el suicidio final) como condición de su arte: “Reconocer que, durante unos pocos años de su vida, Anne Sexton fue una artista a pesar de su dura lucha contra su deseo de muerte es honrar como es debido su memoria. Identificar su amor por la muerte con su amor por la poesía es insultar a esa lucha”.
            Buena parte de estos ensayos se dedican a defender la poesía política (Levertov estuvo muy ligada a los movimientos contra la guerra del Vietnam) o la poesía religiosa. Sus argumentos, en el primero de esos casos, nos recuerdan las polémicas que tuvieron lugar en España durante los años cincuenta y sesenta en torno a la poesía social.
            Mayor interés presentan sus reflexiones sobre fe y poesía, entreveradas de elementos autobiográficos (como lo mejor de este libro). De un inicial escepticismo (a pesar del ambiente familiar: su padre fue un destacado teólogo) pasó gradualmente “a una postura de creyente cristiana”, sin ninguna conversión “dramática y repentina”. Un cristianismo ecléctico el suyo, “hasta un grado sin duda escandaloso para los más ortodoxos”: “Ya sea en Saint-Merri en París, en una iglesia presbiteriana en Palo Alto o en las iglesias anglicanas de Londres o Boston, si descubro fraternidad espiritual y un compromiso activo con mis valores políticos, allí me quedo. Y si la liturgia y la música son de primer orden, mejor que mejor (aunque si me obligan a escoger entre la belleza litúrgica y una conciencia social manifiesta, mi lealtad estaría con esta última: obras son amores)”.
            Aunque opuesta “a su estructura piramidal y a sus rígidos dogmas”, en sus últimos años se sintió atraída por la iglesia católica debido a los movimientos relacionados con la teología de la liberación, sin por eso dejar de sentirse a gusto “en esas iglesias episcopalianas individuales que combinan una fuerte conciencia social con música decente y algo de gracia litúrgica”.
            Otro de los núcleos del libro se ocupa de definir y defender las formas abiertas (propias del siglo XX) frente a las tradicionales. Su análisis de la pausa versal (que muchos poetas tienden a hacer desaparecer cuando leen en voz alta) resulta particularmente ilustrativo. En el verso libre, o en las formas abiertas, como ella prefiere llamarlas, el verso sigue existiendo, conservando su identidad, no es solo una caprichosa disposición tipográfica, ya que “el despliegue del poema en la página puede considerarse una partitura”, esto es, un conjunto “de instrucciones visuales para los efectos auditivos”.
            A William Carlos Williams, a quien siempre consideró su maestro, se le dedican varios capítulos, que insisten especialmente en precisar su lección frente a los numerosos discípulos (la reciente película Patterson lo demuestra) que solo vieron en él una excusa para la facilidad y la trivialidad.
            De la mitología y de su relación con la poesía trata “Caballos alados”. A su correspondencia con el poeta Robert Duncan, que fue su mentor y con quien discutió punto por punto muchos de sus poemas, dedica abundantes páginas y un emocionante epílogo que algo tiene de historia de fantasmas.
            Los poemas –propios y ajenos– incluidos casi en cada capítulo del libro, muy bien traducido por José Luis Piquero, contribuyen al interés de Pausa versal, una reflexión sobre la poesía que, al contrario que la más habitual crítica académica, interesa a todos aquellos a quienes les interesa la poesía, no solo a profesores e investigadores.

sábado, 5 de agosto de 2017

Amélie Nothomb y el crimen de Lord Arthur Savile


El crimen del conde Neville
Amélie Nothomb
Anagrama. Barcelona, 2017.


Desde el mismo título, no oculta Amélie Nothomb el punto de partida de su obra. El crimen del conde Neville remite a El crimen de Lord Arthur Savile, una de las más conocidas y divertidas narraciones de Oscar Wilde.
            Por si esa referencia no fuera suficiente, el protagonista se acuerda, ya en las primeras páginas, de un relato “que cuenta una historia parecida”. Va a la librería del pueblo, compra un ejemplar y lo lee –lo relee, mejor– de un tirón. Incluso nos ofrece un resumen: “A punto de casarse con la hermosa Sybil, de la que estaba locamente enamorado, y en el transcurso de una fiesta en Londres, Lord Arthur Savile hizo que un famoso quiromántico le leyera la mano, y este le anunció que iba a cometer un crimen. Víctima de la desesperación, Lord Arthur se pasó toda la noche dándole vueltas antes de suspender su boda. Tenía que librarse del trabajo sucio antes de unir su destino al de la mujer que amaba”.
            Suspende ahí su resumen el narrador “para preservar el placer de la lectura de los más que probables numerosos interesados”. Acierta al hacerlo. Pocos serán los lectores que no sientan la tentación de buscar y devorar el relato de Oscar Wilde antes de seguir con la novela, o nada más terminarla.
            No quiere eso decir que la historia que nos cuenta Amélie Nothomb sea solo un parasitario homenaje. Vale por sí misma: ágil, llena de quiebros sorprendentes, se lee de un tirón, a ratos con una sonrisa en los labios y a menudo con una sensación de irrealidad y angustia.
            Los personajes tienen algo de figuras de guiñol, parecen seres de otro tiempo aunque la acción transcurre en época actual. Hay un castillo, un noble que pronto se verá obligado a venderlo y que prepara su última recepción, una adolescente desventurada, una adivina impertinente, dos hermanos que se llaman Orestes y Electra, ambos igualmente de rara perfección y hermosura.
            Entre el cuento de hadas y la fábula dieciochesca, El crimen del conde Neville es, como toda literatura que merece la pena, un homenaje a la literatura. Estamos acostumbrados a que, con cierta frecuencia y con revuelo mediático, se nos desvele un nuevo plagio, esto es, un atentado a la propiedad literaria.
            Pero la literatura que vale la pena es siempre un trabajo colectivo. ¿Nos imaginamos al creador del soneto patentando la estrofa y denunciando a todos los que la utilizaran? ¿Es menos grande Shakespeare por tomar de acá y de allá los argumentos de sus obras? ¿Góngora por volver a contar en la “Fábula de Polifemo y Galatea” una historia cien veces contada antes? ¿O Blas de Otero por entretejer tantos versos ajenos entre los suyos propios?
            El crimen del conde Neville recoge los principales elementos del relato de Wilde: hay una recepción, un aristócrata, una profecía, una sorpresa final. Pero todo ello se combina de distinta manera, llegando a un resultado que no desmerece ante el punto de partida.  
            Podríamos encontrarnos solo ante un brillante ejercicio de ingenio, que no sería poco, pero hay algo más. Lo que le da peso a la novela de Amélie Nothomb, lo que impida que pueda considerarse únicamente como un divertido juguete, son los dos personajes enfrentados del conde Neville y de su hija Sérieuse. El primero es un aristócrata empobrecido que no renuncia a cumplir con los deberes que considera inherentes a su clase, aunque para ello deba sacrificarse y sacrificar a su familia.
            Esos deberes se han reducido a una fiesta anual en los jardines que su castillo, una “garden party” convertida en el mayor acontecimiento social de la “remota región de las Ardenas belgas” en que trascurre la historia.
            Sérieuse fue una niña ocurrente y feliz que, al llegar a la adolescencia, como si hubiera recibido una maldición, se transforma en un ser apático al que “vivir le duele como una postura incómoda”. Cuando sabe que su padre ha de cometer un asesinato, se ofrece voluntariamente para ser sacrificada como la Ifigenia de la leyenda de los Atridas (no en vano sus hermanos se llaman Orestes y Electra).
            Una novela dialogada y sucinta, sin un átomo de grasa, que remite al cuento de hadas y al mito, que nos reconcilia con la ambigüedad y la magia de una literatura solo aparentemente menor .

            

sábado, 29 de julio de 2017

José Luis Cancho, memorias de un subversivo


Los refugios de la memoria
José Luis Cancho
Papeles mínimos ediciones. Madrid, 2017.

Antes de publicar su primer libro, El viajero junto al mar, en 1999, José Luis Cancho ya era un personaje literario. Militante antifranquista desde los diecisiete años, en enero de 1974 cayó desde las ventanas del tercer piso de la comisaría de Valladolid, tras ser minuciosamente torturado. Los disturbios subsiguientes llevaron al cierre de la Universidad.
            Compañero de militancia, y entonces también estudiante en Valladolid, era Andrés Trapiello, quien en su premiada novela El buque fantasma, de 1991, evocó aquellos años de oposición al franquismo desde una perspectiva ridiculizadora y revisionista: “Al final la historia, esa que muchos aún escriben con mayúscula, ha demostrado que más por los pobres y parias del mundo han hecho las Hermanas de la Caridad, incluso las malignas y avinagradas, que todos los comités revolucionarios. Y con menos ruido”.
            La novela de Andrés Trapiello tiene mucho de ajuste de cuentas. De uno de los antifranquistas de entonces, al que llama Gaztelu, dice que “llegó a hacerse famoso por una delación”. En la página 105, es consecuencia del interrogatorio de Billy el Niño, quien “de un guantazo en la boca” le tiró al suelo y le dejó sangrando; en la página 128, en cambio, al volver a esa delación, se nos indica que “en la comisaría Gaztelu, sin que nadie le hubiera puesto la mano encima, cantaba el pobre como su rana hegeliana”. Son las licencias de un novelista cervantino.
            José Luis Cancho en Los refugios de la memoria no se toma ninguna licencia con los hechos. Lento proceso, su última novela, ya convirtió su vida en ficción. Ahora quiere contarla sin literatura. ¿Sin literatura? Digamos mejor sin invenciones, porque el resultado es literatura, espléndida literatura.
            ¿Pero es posible contar sin más la vida? El propio autor lo duda: “Mi intención en este proyecto ha sido escribir una prosa sin filtros, sin disfraces, sin retórica, pero una vez más he vuelto a constatar que no hay escritura posible sin que intervengan algunos de esos elementos”. Y por eso, a pesar de su empeño de que el yo que describe en Los refugios de la memoria “se corresponda en todo al yo real”, finalmente “no es más que una sombra que se me escapa de las manos”. La memoria, por mucho que nos empeñemos en lo contrario, actúa como un novelista.
            No idealiza José Luis Cancho sus tiempos de militante, primero en el Partido Comunista de España (internacional), luego en el Partido de los Trabajadores y en la Joven Guardia Roja. Incluso el acontecimiento que le hizo famoso, la caída desde la ventana de una comisaría, lo refiere sin decidirse por su versión de entonces (lo arrojaron creyéndole muerto) o por la que dio la policía (trató de escapar en un descuido de quienes le custodiaban): “Escribo ‘caí’ y no ‘me tiraron’ porque no recuerdo que alguien me agarrase y me arrojase por la ventana. Lo que sí recuerdo es que pasé de estar toda una tarde con su correspondiente noche siendo golpeados por cuatro miembros de la denominada brigada político-social a estar ingresado en la unidad de cuidados intensivos del hospital de Valladolid”.
            Cuando fue liberado, quiso ir de inmediato a saludar a sus compañeros de la Universidad, pero sus jefes políticos se lo impidieron: le estaban preparando un gran recibimiento, en un mitin multitudinario, y no podía vérsele antes para no atenuar el efecto. La “revolución” tenía también mucho de teatro.
            No insiste José Luis Cancho en los aspectos más melodramáticos de su trayectoria biográfica, no trata de convertirse en un héroe ni en una víctima. Escribe desde la sequedad y la extrañeza. Ya nos lo advierte desde las primeras líneas: “A medida que envejezco mi lengua se empobrece. Me siento en mi propia lengua como el aprendiz de una lengua extranjera”.
            En una tradición literaria tendente al barroquismo y las florituras verbales, se agradece una contención, una sintaxis telegráfica y enumerativa que, paradójicamente, aproximan más de un fragmento al poema en prosa. Samuel Beckett resulta su maestro: “El alcohol y el amor me producen dolor de cabeza. El amor es empalagoso, como un vino demasiado dulce. Mi única pasión es la indiferencia. Escribir desde la perspectiva de un muerto, ese es mi propósito”.
            Menos de cien páginas le bastan para dejar constancia de una vida hecha de renuncias sucesivas: “Había renunciado a militar en el partido. Había renunciado a vivir en mi ciudad natal. Había renunciado a la profesión de maestro. Había renunciado a la vida de nómada. Cada seis o siete años se producía un cambio radical en mi vida”. El último cambio (tras los escarceos en revistas como Los Infolios, junto a Miguel Casado) lo convirtió en novelista autobiográfico en busca de sí mismo.
            Los refugios de la memoria culmina, de impactante manera, su trayectoria de escritor y, si hemos de creerle, será seguido de una nueva renuncia, emulando tardíamente a Rimbaud: “Sueño con desaparecer en un país donde nadie me conozca”.
             
           

            

sábado, 22 de julio de 2017

Luis Bello, una vida española


Luis Bello, cronista de la Edad de Plata
José Miguel González Soriano
Universidad de Salamanca, 2017.

Deja un poso de tristeza la lectura de la vida de Luis Bello (1872-1935), minuciosa y ejemplarmente reconstruida por José Miguel González Soriano. Coetáneo de Azorín y de Baroja, participante en todas las empresas periodísticas y regeneracionista de Ortega, fue un hombre casi siempre desventurado y en segundo plano.
            La efímera fama le llegó cuando comenzó a publicar en El Sol una serie de artículos dedicados a contar sus visitas a las escuelas españolas. Esos artículos, pronto reunidos en libro, siguen sustentando su reconocimiento póstuma. Varias veces reeditados, se inspiran en el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza: la revolución debe empezar desde abajo con la mejora de la educación.
            Los cuatro tomos de Viaje por las escuelas de España se publicaron entre 1926 y 1929, en los últimos años de la dictadura y supusieron un decisivo apoyo al estado de ánimo que pronto traería la república, en la que Luis Bello participaría activamente.
            Había nacido en Alba de Tormes, donde su padre desempeñaba funciones judiciales. Pronto sería trasladado a Cangas de Narcea (entonces Cangas de Tineo) y luego a Luarca, localidad en que el niño asistiría a su primera escuela. Seguirían los traslados paternos, pero Luis Bello se trasladó a vivir a Madrid con unos parientes, y madrileño se consideraría.
            Su iniciación política y periodística tienen lugar de la mano de Canalejas. En 1898, es redactor de El Heraldo de Madrid y encargado de la información parlamentaria; asiste así desde dentro a la gestión de la humillante derrota. Desde entonces la historia de su vida se entrelaza con la historia de España, testigo en primera línea de todos los ilusionados empeños de las primeras décadas del siglo XX y de los sucesivos fracasos.
            El libro de González Soriano (con abundante documentación inédita y solo un ligero lapsus: en la página 150 confunde la primera y la segunda edición de La Regenta) supone así un recorrido por la historia y la intrahistoria de España. Nos muestra todas las martingalas del sistema electoral de la Restauración, reconstruye acontecimientos que no han pasado a la gran historia, pero que definen la fisonomía de un tiempo. Los disturbios de Salamanca en 1903, por ejemplo, anticipo de tantos otros posteriores. Años después, en un capítulo de Viaje por las escuelas de España, recordará Luis Bello su primera visita a Salamanca: “Habían matado miserablemente a dos alumnos dentro de la Universidad, y llegue, como periodista, a tiempo de ver sus cadáveres atravesados a balazos”. En la protesta por esas muertes, los estudiantes se reunieron y fueron a apedrear el edificio del gobierno civil; el rector, Miguel de Unamuno, para evitar más muertes, se subió a las gradas para calmarles, sin miedo a las piedras (alguna le rozó). Uno de los estudiantes muertos a balazos por la guardia civil se llamaba premonitoriamente Federico García y se había asomado a una ventana del aula para ver lo que pasaba.
            Testigo fue también Luis Bello del rescate de los prisioneros que habían quedado en manos de Abd-el-Krim tras el desastre de Annual. Acompañó al empresario vasco Echevarrieta hasta la playa de Axdir para informar del acontecimiento. Enterado de lo que se había tenido que pagar a cambio de aquellos maltratados y humillados soldados españoles, cuentan que Alfonso XIII (accionista de sustanciosas empresas en el Protectorado) exclamó: “¡Qué cara está la carne de gallina!”
            Esta vida de Luis Bello puede considerarse como una sintética enciclopedia de la vida española durante el primer tercio del siglo XX, a la vez tan lejana y tan cercana a nosotros.
            A Luis Bello, en agradecimiento a su Viaje por las escuelas de España, a su elogio del magisterio y a su empeño por mejorar la educación de los pueblos más remotos, se le regalaría una casa por suscripción popular. Tenía siete hijos, vivía precariamente, aunque era uno de los primeros periodistas de España. Cuando murió, muy pocos años después, esa casa ya no era suya: había tenido que venderla para pagar los gastos de una campaña electoral, con el partido de Azaña, en la que no había sido elegido. Lo sería poco después, al quedar una vacante en Madrid, y como diputado por Madrid presidió la comisión del Estatuto de Cataluña. Su actuación le valió toda clase de insultos por parte de la derecha. Las discusiones de entonces todavía resultan ilustrativas hoy.
            La aprobación de ese Estatuto fue el mayor momento de gloria para Luis Bello, que acompañó a Manuel Azaña en el recibimiento apoteósico que tendría lugar en Barcelona. Muy poco después, tras los acontecimientos del 34, ambos serían encarcelados.
            No tuvo tiempo de ver la catástrofe del 36. Murió, esperanzado, pocos días después de asistir al mitin de octubre de 1935 en el campo de Comillas, donde Azaña logró reunir a cientos de miles de personas. El triunfo estaba cerca, pero él no lo vería. Ni, afortunadamente, lo que vendría después.
            Pero aunque participó en política, Luis Bello fue sobre todo periodista: colaboró en toda la prensa importante de su tiempo, de El Imparcial a El Sol, dirigió durante dos años El Liberal, de Bilbao (donde coincidió con Indalecio Prieto), fue uno de los principales redactores de La Esfera, fundó la Revista de Libros, Europa, Política y otras publicaciones de gran ambición intelectual pero de muy corta vida por motivos económicos.
            El fracaso de Luis Bello –un hombre de quijotesca apariencia que no duró en arremeter contra todos los gigantes o molinos de viento que se le aparecían en el camino– fue el fracaso de una generación y de la manera más noble de ejercer política y periodismo.   

sábado, 15 de julio de 2017

Poesía, devoción y mixtificación


¿En qué estabas pensando?
Antología de la poesía devocional de la India, siglos V-XIX
Jesús Aguado
Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2017.

De la poesía devocional India lleva el poeta Jesús Aguado ocupándose desde hace de treinta años. En 2007, le dedicó ya una espléndida antología, que ahora corrige y amplía. La anterior selección reunía a cincuenta poetas de entre los siglos V y XIX; la nueva, a casi un centenar.
            Varios de esos autores son considerados santos en sus respectivas comunidades religiosas y sus poemas siguen siendo rezados o cantados y alcanzan hoy una insólita difusión gracias a Internet. La mayoría de ellos profesan el hinduismo, pero hay también musulmanes, budistas y jainistas, como muestra de la pluralidad religiosa de la India.
            Los textos originales están escritos en decenas de lenguas y muchas veces en una variante arcaica. Jesús Aguado, a pesar de haber vivido en la India (es autor de La astucia del vacío, un diario de su estancia en Benarés), traduce los poemas fundamentalmente del inglés, aunque también del francés o del italiano.
            ¿Le quita eso valor a su libro? Quizá para los especialistas, pero no para los lectores de poesía. ¿En qué estabas pensando? (título quizá poco afortunado) es, antes que ninguna otra cosa, literatura, espléndida literatura. Para leerlo con provecho, como para leer a San Juan de la Cruz, no es necesario participar de las creencias de sus autores, ni siquiera en su ecléctica versión contemporánea que tantos adeptos cuenta en el mundo occidental: “La tierra destrozada / por sus pies retumbantes. / Su corona hace añicos las estrellas. / Cuando extiende sus manos / ruedan mundos. / Desfallece la Tierra. / Los molinetes de sus brazos / dejan contusionados los planetas. / Y con la punta del cabello roza / el último rincón del Universo. / Cuando, como este día, / decides proteger el mundo, / oh Señor de los Ríos que se Encuentran, / te pones a danzar” (Basavanna).
            Muchos de estos textos nos sorprenden por su modernidad: podrían haber sido escritos hoy mismo. Y eso nos hace dudar de si son traducciones, aunque indirectas, o libérrimas recreaciones y de si no se habrá deslizado entre ellos algún apócrifo.
            Las notas biográficas, tan imprecisas como sugerentes, acentúan esa impresión. Del poeta Dhiro se nos dice: “Siglo XVIII. Escribió en gujarati. Tenía una manera curiosa de dar a conocer sus poemas: una vez terminados los introducía en el hueco de una caña de bambú y luego lanzaba esta al río que conectaba su aldea con otras vecinas. Sus obras ofrecen una síntesis de la filosofía vedanta”. Copio uno de sus poemas: “Una brizna de hierba: / detrás una montaña, / pero nadie la ve”. Otro ejemplo: “Si intentas navegar / en un barco de piedra, / sin importar que seas / un remero excelente, / os hundiréis los dos / hasta lo más profundo”.     
            Jesús Aguado nos ofrece al final del libro una extensa bibliografía, pero sirve de poco cuando dudamos de la existencia de un autor o de la autoría de un determinado poema. Al final de cada ficha biográfica debería aparecer una referencia bibliográfica precisa que nos indicara dónde podemos encontrar los textos originales.
            Generalmente, Aguado prefiere no dar fechas concretas de los autores y se limita a situarlos en un siglo. Cuando las da, como en el caso de la poeta Tarigonda Venkamamba (sus canciones pueden escucharse en youtube), las suyas, 1800-1866, no coinciden con las que encontramos en otras fuentes: 1730-1817.
            Aunque haya mucha erudición detrás, este libro no deber ser leído como obra de erudición y las biografías de algunos autores deben leerse con la misma suspensión de la incredulidad que las vidas de los santos milagreros. Ramalinga Swamy (1823-1874) “forzado a casarse, se pasó la noche de bodas leyéndole a su mujer un texto religioso. Curaba leprosos y ciegos con cenizas consagradas. Se dice que su cuerpo resplandecía tanto (poseer un cuerpo dorado es uno de los atributos de los siddhas) que nunca pudo ser fotografiado, algo que se intentó hasta en ocho ocasiones. El treinta de enero de 1874 anunció, en el que sería su último discurso, que ese día entraría en samadhi. Se introdujo en su cuarto, se tendió en una alfombra y pidió que cerraran la puerta por fuera. Como había anunciado, nunca más fue visto. Porque, a pesar de que se inició una investigación policial, de la que se derivaron varios informes, su cadáver desapareció para siempre”.
            Un misterio digno de Sherlock Holmes, ciertamente, y sin embargo no se trata de ninguna ficción, como pudiera pensarse; al lector curioso le resultará fácil encontrar más datos sobre Ramalinga.
            Algo de libro de autoayuda tiene también este libro fascinante: “Si sabes que estás vivo / saca jugo a tu vida. / La vida es de esa clase de invitados / que nunca le visita a uno dos veces” (Kabir).
            ¿En qué estabas pensando? entremezcla devoción y mixtificación, rezos de ayer e inquietudes de siempre. Teología como una rama de la literatura fantástica y erudición como un disfraz de la literatura.

            

sábado, 8 de julio de 2017

María Belmonte, la mirada ilustrada


María Belmonte
Los senderos del mar
Acantilado. Barcelona, 2017.

Desde el Viaje alrededor de mi cuarto, de Xavier de Maistre, sabemos que el interés de un viaje –y de un libro de viajes– no depende del número de kilómetros ni del exotismos de los países que se visiten. María Belmonte, nacida en Bilbao, recorre a pie los ciento cincuenta kilómetros que separan su ciudad natal de Biarritz, y ni siquiera lo hace de un tirón, sino en varias jornadas separadas en el tiempo. Sin embargo, el libro en que nos lo cuenta es una pequeña obra maestra que no podemos dejar de leer, que nos enseña a mirar el mundo de otra manera.
            ¿Cómo lo consigue? Camina por la orilla del mar (el mar es el gran protagonista del libro), pero no se limita a describir lo que ve y a narrarnos las anécdotas del camino. La suya es una mirada ilustrada. En un grano de arena –como quería Blake– sabe ver un mundo; las rocas le cuentan la historia del universo.
            María Belmonte, antes de emprender el viaje, se ha pertrechado bien intelectualmente. Una breve historia de casi todo es el título de un libro de Bill Bryson que cita a menudo; podía ser también el título de su obra, en la que nos encontramos con fascinantes biografías de los pioneros de la geología, con la historia del surf o de los baños de mar, con páginas dedicadas a la fascinación de los faros o a los viajes de los balleneros vascos por las aguas del Mar del Norte.
            Algo de sintética enciclopedia tiene este libro, de corte didácticamente dieciochesco, pero el arte de la autora hace que nunca canse: nos da una lección como quien cuenta un cuento, su curiosidad insaciable lo convierte todo en aventura personal.
            Los senderos del mar nos descubre la poesía de la ciencia, pero María Belmonte nunca incurre en empalagosos lirismos y eso hace más emocionantes sus reflexiones. Tras recorrer la playa de Itzurun, escribe: “A modo de despedida, deslicé mi mano por los estratos, eones de tiempo comprimidos en centímetros de tiempo por las fraguas internas de la Tierra. Y mientras me alejaba de aquel majestuoso escenario se me ocurrió pensar que dentro de millones de años –casi un parpadeo a escala de tiempo geológico– todo lo que constituye nuestro mundo, incluidos nosotros los humanos, los sonetos de Shakespeare, los rascacielos de Manhattan, las pirámides, Santa María del Fiore, los teléfonos móviles, los residuos nucleares, los tigres y las ballenas, las luciérnagas…, todo estará reducido a unos estratos de roca de unos centímetros de espesor como lo está ahora la apacible época jurásica en la que medraron los dinosaurios”.
            Geología y elegía, costumbrismo y magia. María Belmonte no tiene inconveniente en hacer excepciones en su viaje a pie (a veces se sube a un autobús) o en desviarse de su camino para conocer a un personaje que la interesa especialmente, como cuando se acerca a Leitza, en las laderas de la sierra de Aralar. Va hasta allí para encontrarse con Iñaki Perurena, levantador de piedras, que ha creado un museo dedicado a ese peculiar deporte. Y reproduce un poema suyo, “Hablando con la piedra”, que es un fascinante poema de amor: “Cuántas horas, días y años / pensando en ti, unido a ti. / He oído que no estás viva, / que eres fría, pesada, oscura… / Pero mi contacto te despierta, mis caricias te avivan, / te vuelves ligera entre mis brazos y te elevas sobre mis hombros. / Mi piedra querida”.
            Los territorios que recorre María Belmonte no solo guardan ecos de la historia del mundo, también de su propia historia: en ellos transcurrieron su infancia y su adolescencia. Por eso este libro tiene también mucho de autobiografía y de autorretrato, aunque sin ningún exceso narcisista. No ignora que el secreto de aburrir, según las repetidas palabras de Voltaire, es contarlo todo. Ella, que tanto gusta de hablar de tantas cosas, de sí misma solo da los datos imprescindibles para que la sintamos como una acompañante cercana.
            Nada extraordinario sucede en este viaje, que no pretende establecer ningún record, que parece estar al alcance de cualquiera, pero a cada instante ocurren maravillas: “No llevaba ni cinco minutos cómodamente instalada y dispuesta a disfrutar plácidamente del resto de la tarde cuando un arcoíris se desplegó, inmenso, desde la costa hasta perderse en el fondo del mar. Un semicírculo perfecto de vivos colores con ese misterioso contraste entre un espacio interior luminoso y una franja exterior oscura. La lucha entre la luz y las tinieblas. Por muchas veces que uno haya visto un arcoíris, el espectáculo siempre le pilla desprevenido. Aunque más o menos sepamos la explicación científica, su visión nunca deja de cautivarnos. Si avanzamos hacia él, se alejará de nosotros. Tampoco podemos tocarlo, ni olerlo, ni colocarnos debajo de él, ni alcanzar sus extremos”.
            La mitología, la etimología, la botánica, la literatura, la pintura, los recuerdos familiares: de todo echa mano María Belmonte para enseñarnos a ver, porque los ojos "no ven, saben", como afirmó Jorge Guillén; de ahí que “nuestra respuesta al paisaje está determinada por la cultura y ha ido cambiando a lo largo de los siglos".
            Los senderos del mar nos hace más sabios y nos anima a preparar la mochila y salir al camino para descubrir nuestro entorno más cercano, no menos enigmático que las antípodas. ¿Qué más se puede pedir a un libro de viajes?

sábado, 1 de julio de 2017

Spender, Isherwood, Auden: los ingleses en el extranjero


Diario de Sintra
S. Spender, C. Isherwood, W. H. Auden
Edición de Matthew Spender
Traducción de David Paradela
Gallo Nero. Madrid, 2017.

Lo que parece más natural en el ser humano, como formar una pareja, es también una cuestión cultural. Las relaciones homosexuales son tan antiguas como la humanidad, pero las parejas estables entre personas del mismo sexo son un invento del siglo XX, aunque, como en todo, puedan encontrarse antecedentes.
            Los hombres que amaban a otros hombres, si querían formar una familia, buscaban una mujer, y no solo por presión social (o no solo por presión externa: para ellos mismos parecía imposible una relación sentimental estable –un matrimonio, tuviera reconocimiento legal o no– entre personas del mismo sexo).
            Los escritores ingleses de los años treinta que protagonizan Diario de Sintra, un volumen preparado por el hijo de uno de ellos, Mattheu Spender, ejemplifican muy adecuadamente estas cuestiones.
            Adelantemos que, si el título resulta engañoso, la nota de la contraportada es errónea. Dice así: “En 1935, W. H. Auden, Christopher Isherwood y Stephen Spender, los tres escritores ingleses más importantes de su generación, llegan a Sintra, antigua capital de Portugal. Su idea es alquilar una casa grande donde poder vivir todos juntos para siempre. En la localidad lusa se dedican a escribir y a conversar, y mantienen un diario común de diciembre de 1935 a agosto de 1936 en el cual todos son responsables de contar historias y anotar sus observaciones”.
            Pero quienes se embarcan en Amberes con destino a Portugal son Isherwood y Spender, acompañados de sus amantes, Tony Hyndman y Heinz Neddermayer. Han vivido en la liberal república de Weimar, de la que los expulsó el nazismo, y la puritana y convencional Inglaterra se les hace insoportable. En el barco comienzan a escribir un diario a tres manos (Heinz, un chico de la calle, carece de conocimientos literarios). Ese diario termina en enero del 36.
            Pero el diario común, que permanecería inédito, es solo una parte de este Diario de Sintra, en el que también encontramos fragmentos de los diarios privados de Isherwood y Spender, junto con los de otros personajes que conocieron en Portugal, y abundantes fragmentos de su correspondencia. De Auden, quien llegó posteriormente a Sintra, solo se incluye una posdata de línea y media y una carta de poco más de diez, a pesar de que figura como autor en la portada. Tampoco Sintra fue nunca la capital de Portugal y las notas, tomadas de la edición italiana según se nos indica, dejan a veces mucho que desear: “El dictador Salazar, llegado hacía poco al poder –leemos en la página 79–, se mantuvo en el cargo hasta su muerte, en 1962”. Pero ni en 1935 hacía poco que Salazar había llegado al poder, ni se mantuvo en el cargo hasta su muerte (le sucedió Marcelo Caetano) ni murió en 1962, sino en 1970.
            El error de la contraportada resulta, sin embargo, útil: al repetirlo los suplementos que hablan del libro –Babelia, por ejemplo– nos advierte del poco caso que debemos hacer a las recomendaciones de los suplementos culturales, que en buena medida siguen practicando la “crítica solapada”, el corta y pega de la publicidad editorial.
            Diario de Sintra resulta apasionante por muchos conceptos. Los ingleses en el extranjero, aunque sean escritores progresistas, adoptan una posición de superioridad. Se relacionan fundamentalmente con otros compatriotas. De Portugal, a estos jóvenes escritores progresistas, solo les interesa el paisaje, el clima y lo barato que está todo. Algún mayor interés mostrará Spender por la realidad española: viajará a Barcelona, conocerá a Marià Manent, tendrá noticia de la poesía de Lorca. En abril de 1936 le escribe a Isherwod: “Aquí hasta los políticos son interesantes, se parecen a los irlandeses, por aquello de la perpetua pugna entre castellanos y catalanes. Ayer conocimos a Companys y a varios miembros del parlamento, que parecían buena gente. Acaban de salir de la cárcel, donde han pasado dieciocho meses”. La colonia inglesa “habla de los españoles, y sobre todo de los catalanes, como los colonizadores de los indígenas”.
            Las relaciones de Spender e Isherwood con sus amantes son muy diversas. El primero trata de poner a Tony Hyndman a su nivel: dirige sus lecturas, le hace escribir en el diario común (Hyndman participa en la guerra civil española y es autor de algún poema no enteramente desdeñable); el segundo, en cambio, no intenta nunca integrar a Heinz en la conversación común y lo trata “como a un perro al que quiere, pero que debe quedarse junto al fuego y no dar problemas”.
            De Tony Hyndman (aunque ocultando su verdadero nombre) habla ampliamente Spender en sus memorias, Un mundo dentro del mundo, quizá lo que menos ha envejecido de su obra. Al lector actual –se publicaron en 1951– le sorprende la mezcla de franqueza y veladuras sobre las relaciones homosexuales: “No quería vivir solo ni pensaba en casarme. Mi ánimo era el de las personas que ponen un anuncio en el periódico para pedir compañía. Solía preguntar a mis amigos si tenían algún amigo que me conviniera. De modo que cuando conocí por azar a un joven desempleado que se llamaba Jimmy Younger, le pedí que se fuera a mi piso y trabajara para mí”. Las prestaciones sexuales parece que iban incluidas en ese contrato de trabajo, como las de los señoritos con las criadas. Medio en broma, medio en serio, Auden se quejaba en 1947 de que en Estados Unidos no hubiera “una tradición feudal” como en Europa: “Yo pienso que, si le pido a un miembro de una clase inferior que se vaya a la cama conmigo, este tiene el deber de hacerlo”.
            Matthew Spender ha armado, con material disperso, una novela psicológica tan sugerente por lo que calla como por lo que dice. Buena parte de las tensiones del siglo XX se encuentran reunidas en estas páginas de no ficción como en un microcosmos.

sábado, 24 de junio de 2017

Arthur Koestler: una vida, cien novelas


Arthur Koestler. Nuestro hombre en España
Jorge Freire
Editorial Alrevés. Barcelona, 2017.

El siglo XX cuanta con pocos personajes tan apasionantes como Arthur Koestler. Su vida da, no para una, sino para muchas novelas. Jorge Freire se centra en el episodio de su detención en Málaga el año 1937, su traslado a Sevilla, su condena a muerte, la imprevista liberación final al ser intercambiado por la mujer del capitán Carlos Haya, una de las figuras más destacadas de los sublevados. Antes de esa aventura, Koestler ya había sido protagonista de otra durante la guerra civil. A poco de comenzada, logró disimular su militancia comunista y entrevistar en Sevilla a Queipo de Llano haciéndose pasar por corresponsal de un diario británico conservador.
            Con criterio muy cinematográfico, Jorge Freire alterna en cada capítulo el episodio de 1937, reconstruido casi hora a hora, con amplios resúmenes de los antecedentes.
            A sus treinta y dos años, Arthur Koestler había tenido tiempo para conocer de primera mano el derrumbe del imperio austrohúngaro –había nacido en Budapest, de familia judía–, participar en la revolución comunista de Béla Kun, abandonar sus estudios de ingeniería para ir a Palestina a trabajar en un kibutz, renunciar pronto para llevar allí una vida casi de mendigo, ser nombrado corresponsal en Oriente Medio de la más importante cadena de periódicos alemanes, convertirse luego en director de la sección científica de la más importante cadena de periódicos alemana, cambiar el sionismo por el comunismo, ser un activo agente del konmintern, apasionarse con incontables aventuras amorosas… Esto último sería, la causa de que empezara “a escribir novelas mucho más tarde que lo normal” si hemos de hacer caso a sus palabras: “Mis amores durante estos años fueron tantos y tan intensos que mataron el ansia creadora. Las calorías que gasté en ellos habrían bastado para escribir media docena de novelas. Pero habrían sido malas novelas, y en cambio como vida fue excelente”.
            Con su primera novela, Oscuridad a mediodía (en España titulada El cero y el infinito), de 1941, alcanzó de inmediato un éxito mundial. Al denunciar los procesos de Moscú, Koestler sabía bien de qué hablaba: ahora defendía a las víctimas, pero poco antes había sido uno de los fanáticos inquisidores.
            El libro de Jorge Freire nos deja con ganas de saber más cosas de este personaje fascinante. Lo cerramos y abrimos de inmediato el primer tomo de la autobiografía de Koestler, Flecha en el azul. Arthur Koestler no fue solo un fue solo un incansable aventurero en busca de una fe a la que servir ciegamente; fue, además, un escritor excepcional: hablara de lo que hablara, sabía cómo atrapar al lector desde las primeras líneas.
            Tras releer las obras de Koestler que Jorge Freire resume y a ratos rebate, la valoración de su libro no puede ser la misma. A ratos da la impresión de no haberse enterado del todo.
            Koestler comienza su autobiografía con un “horóscopo secular”, con un comentario a las noticias del día de su nacimiento. Ese espléndido capítulo, Jorge Freire lo resume así: “Bastaba una copia del Times londinense del 6 de septiembre de 1905 para apreciar los movimientos telúricos que animaban entonces el mundo: pogromos antijudíos, ataques a obreros, editoriales sobre el acuerdo que ponía fin a la guerra ruso-japonesa, encomios al laissez-faire…
            ¿Encomios al laissez-faire? Exactamente lo contrario es lo que se deduce del editorial del Times que contrapone “la subordinación del individuo a la tribu y al Estado” que manifestaron los japoneses victoriosos al “excesivo individualismo” de Occidente. Lo que marcaba la hora de su nacimiento, indica Koestler, era “el fin de la era del liberalismo y del individualismo”.
            Se entretiene luego Freire subrayando los errores de Koestler. Pero esos presuntos errores se deben solo a lecturas apresuradas. Un ejemplo: “Koestler afirmaba que su abuelo era un social-revolucionario que había desertado del ejército ruso después de la guerra de Crimea. No cabe duda de que un abuelo eserista le habría conferido un blasón de quijotismo, algo apremiante para alguien que, como él, buscaba enderezar los renglones torcidos de su vida con un relato congruente. Sin embargo, los eseristas surgieron varios años después de la guerra de Crimea, lo que hace de su explicación una sencilla patraña”.
            ¿Una sencilla patraña? Veamos lo que dice Koestler de su abuelo: “Por qué huyó de Rusia, no se sabe. Tal vez fuera desertor del ejército, o tal vez se viera complicado en el movimiento Social-Revolucionario, o quizá, después de todo, haya cometido un crimen. Naturalmente, prefiero creer que era un revolucionario socialista”.
            Koestler escribe con cautela e inteligencia (“no se sabe”, “tal vez”, “prefiero creer”), Freire con juvenil desparpajo y algún descuido: afirma que en 1896 se construyó en Hungría el primer ferrocarril de Europa (p. 24), cita equivocadamente a Machado (“por qué llamamos caminos a los surcos del azar”, p. 80), etc.
            El mayor mérito de Arthur Koestler. Nuestro hombre en España es que, tras su rápida y amena lectura, nos deja con ganas de saber más del escritor. Buscamos entonces sus libros y descubrimos que fue, además de un singular personaje, un lúcido ensayista y un maestro de la narración autobiográfica. La comparación entre cómo cuenta un pasaje de su vida el propio protagonista y cómo lo parafrasea Jorge Freire convierte al segundo en un algo apresurado, aunque no por eso desdeñable, divulgador.

domingo, 18 de junio de 2017

De Ulrica a Javier Otárola


Homenaje a Borges
María Kodama
Lumen. Barcelona, 2016.

Sobre la relación entre María Kodama y Jorge Luis Borges hay una leyenda negra y otra rosa; ambas, aunque en apariencia incompatibles, son probablemente verdaderas.
            Quizá las más hermosas dedicatorias que un poeta haya escrito nunca se encuentran en La moneda de hierro, La cifra y Los conjurados, los tres últimos libros de versos de Jorge Luis Borges. Son otros tantos poemas en prosa y están dedicados a María Kodama, alumna primero, colaboradora después, con quien se casaría en Ginebra poco antes de su fallecimiento.
            Tras la muerte de Borges, en 1986, María Kodama, discutida heredera de los derechos de autor, se dedicó a promocionar muy eficazmente su obra por todo el mundo. Homenaje a Borges recopila una amplia muestra de las conferencias que dio en los más diversos lugares (no suelen indicarse).
            La edición es descuidada (carece de editor en el sentido intelectual del término, como viene siendo habitual en los grandes grupos editoriales) y no escasea en errores, fruto de una corrección mecánica: se habla varias veces de la “avidez” de Kant (para referirse a la aridez de su prosa), se confunde la fecha de la cita final con la de la conferencia “Borges y el Oriente”, se titula “Juan Goytisolo nos presenta” (son sus primeras palabras) un texto en el que Goytisolo no presenta a nadie… Esos descuidos (fácilmente subsanables con un editor profesional), aunque irritantes, no limitan el interés del conjunto.
            María Kodama se muestra en estas páginas como una excelente conocedora del universo borgiano y se ocupa, con inteligencia y erudición, de sus obsesiones fundamentales: la memoria, las bibliotecas, el tiempo, el Oriente, el Golem, los sueños. Son páginas divulgativas, con algún apunte autobiográfico, que es quizá lo que más agradecerán muchos de los lectores.
            Nos habla del desagrado que Borges sentía ante uno de sus poemas más famosos, el soneto “El remordimiento” (“He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer…), escrito  tres días después de haber muerto su madre. “Consideraba a este poema –señala Kodama– espantosamente sentimental y carente de la distancia que éticamente debe mediar entre experiencia y realización”.
            En ese rechazo debía haber algo de coquetería: Borges no podía ignorar que el sorprendente comienzo (considerar la infelicidad como un pecado) ya lo alejaba de un mero desahogo sentimental.
            Acá y allá nos va dejando pistas de su relación con Borges, que a ratos parece un tanto fantaseada. Tenía cinco años cuando le leyeron el primer texto de Borges, uno de sus poemas ingleses, y ella quedó impresionada para siempre, especialmente por los dos versos finales: “Puedo darte mi soledad, mis sombras, la angustia de mi corazón; / estoy intentando sobornarte con la incertidumbre, el peligro, el fracaso”.
            A los doce años lo escuchó por primera vez en una conferencia; a los dieciséis comenzó a ser su alumna. Tras la muerte de la madre de Borges (en 1975) se convirtió en su acompañante exclusiva en los viajes al extranjero. Esa relación iría pasando por distintas fases hasta culminar “en el amor que nos habitaba, mucho antes de que usted me lo dijera, mucho antes de que yo tuviera conciencia de mis sentimientos”.
            La revelación de ese amor tuvo lugar en Islandia y se cuenta secretamente en el cuento “Ulrica”, de El libro de arena. Por eso, en la estela funeraria de Ginebra, aparece la inscripción “De Ulrica a Javier Otárola” y la cita de la Völsunga saga que Borges puso al frente de ese cuento.
            Un psicoanalista tendría mucho que decir de esa historia de amor. La traducción de la cita dice así: “Tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos”. Extraña inscripción como resumen de una historia amorosa. En el cuento desaparece esa espada, pero no parece que eso suponga la realización física del amor: “No había una espada entre los dos. Como la arena se iba el tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica”.
            Por si no quedara claro, en el epílogo Borges señala la “afinidad” de “Ulrica” con “El otro”, donde relata un fantasmagórico encuentro consigo mismo. La fría espada que separaba a estos amantes –que siempre se trataron de usted, que en la intimidad, si hemos de creer a Kodama, se daban los nombres cariñosos de Ulrica y Javier Otárola (así, con apellido)– solo desapareció en un vago sueño erótico que tuvo lugar en Irlanda, no en la realidad.
            Extraña historia de amor, ya digo. “Su padre la educó para mí”, indica Kodama que le repetía a menudo Borges. Y en la “Inscripción” al frente de Historia de la noche, uno de los mejores ejemplos del recurso de la enumeración caótica, tan característicamente suyo, entre las razones de la dedicatoria (“Por los mares azules de los atlas… Por Venecia de cristal y crepúsculo”) se encuentra “Por la memoria de Leonor Acevedo”, la madre de Borges.
            También hay lugar en estas páginas para el haiku, ciertos episodios de la historia argentina, los relatos de Cortázar. Pero son las luces y las sombras que añaden al retrato del escritor y lo que nos dejan entrever de su extraña relación final lo que impide que sean una prescindible pieza más en la inabarcable bibliografía borgiana.

            

sábado, 10 de junio de 2017

Alejandro Duque Amusco, poemas memorables


Jardín seco
Alejandro Duque Amusco
Sevilla. Renacimiento, 2017.

Han pasado más de cuarenta años desde que Alejandro Duque Amusco publicó su primer libro, Esencias de los días, y a pesar de su continua dedicación poética, y de haber obtenido algún llamativo galardón, como el Loewe, sigue siendo más conocido y apreciado como editor y estudioso de Vicente Aleixandre, de quien es el máximo especialista.
            Lo poético a menudo es enemigo de la poesía y a Alejandro Duque Amusco, siempre educado, melancólico y preciosista, parece gustarle demasiado lo convencionalmente poético. Incapaz de escribir un mal poema, parecía que también le estaba negada esa intensidad que caracteriza a los versos que son más un puñetazo que una caricia y que se nos quedan para siempre en la memoria.
            Pero su último libro, Jardín seco, contiene tres de esos poemas. Comenzamos a leerlo con el agrado y el no excesivo entusiasmo de costumbre. La memoria de la infancia y diversas estampas paisajísticas –el valle del Jerte, los campos de Lituania– ocupan la primera parte. El demorado versículo (“Nadie. Te has quedado sin el palio frondoso de los árboles que estremecían el aire con sus claros anillos”) contrasta con los haikus de “Hojas del verano”: “Siempre es la nube / que nos tapa el sol / la que pasa más lenta”.
            Los mejores poemas de la segunda parte –“En el viaje”, “El cofre”– utilizan un procedimiento, más grato a Bousoño o Brines que a Aleixandre, que consiste en utilizar elementos de la cotidianidad y darles trascendencia metafísica. “Heinrich Schliemann” es un ejemplo del monólogo dramático que Cernuda introdujo en la poesía española y que con tanta insistencia cultivó la generación novísima, a la que cronológicamente Duque Amusco pertenece.
            La tercera parte reúne los poemas de amor (aunque uno de los mejores, “Extraño pájaro”, se dedica a la amistad). Los hay de poco frecuente intensidad, pero también otros de lenguaje en exceso consabido. “La noche no cumplida del amor se desangra. / Cómo desvanecen los tornasoles del recuerdo” comienza “Violoncelos”, donde no falta una voz, “una voz de seda y fiebre”, que murmura al oído “¿Cuánto has amado?”
            Los tres poemas que hacen cambiar nuestra opinión sobre Alejandro Duque Amusco, que lo colocan entre los poetas imprescindibles de este tiempo y de cualquier tiempo, están en la sección final.
            Hay otros notables, como la sextina –esa artificiosa composición estrófica que puso de moda Jaime Gil de Biedma– dedicada a un dolmen. La primera estrofa dice así: “Eran como nosotros esos hombres, / iguales en temor ante la tumba / y ante el silencio en que se oculta dios. / Cada noche miraban las estrellas / y erigían sus ídolos de piedra / para encontrar una respuesta al tiempo”. Y la última (las palabras finales, que se reiteran a lo largo del poema, reunidas en tres versos): “Otros hombres vendrán hasta esta tumba / a interrogar a dios y a las estrellas. / La piedra es la respuesta que da el tiempo”.
            Notables ejercicios retóricos son también los sonetos “Autorretrato para después” (aunque la disposición en dísticos no facilita la lectura) y “Siempre”, en verso alejandrino, que cierra el libro glosando una de las rubaiyat de Omar Jayyam.
            Los tres poemas especialmente memorables son otras tantas elegías. Al padre se dedica la primera de ellas, “Regreso”. No es un tema fácil, demasiado proclive al sentimentalismo e incluso al ajuste de cuentas. Duque Amusco consigue unos versos nada manriqueños, pero que no desmerecerían en ninguna antología junto a las coplas –o el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías– y que quizá no habría desdeñado firmar Manrique.
            “Aurora” es la elegía a una vida no vivida, a una niña muerta antes de nacer. La falacia patética está a un paso, como en el poema anterior, como en el que cierra esta estremecedora trilogía, “Resurrección”: “Desde que has muerto te has hecho más mía cada día / en el fino telar de la memoria”. Tres poemas arriesgados, tres temas en los que es fácil, casi inevitable, incurrir en el sentimentalismo.
            Teníamos la opinión de que Alejandro Duque Amusco era un poeta correcto, elegante y quizá un tanto prescindible, un buen discípulo de no siempre los mejores maestros. Jardín seco, que a ratos parece confirmar esa opinión, nos la hace cambiar por completo.
            Un poema le bastó a Jorge Manrique para hacerse un sitio de honor en la poesía española; Alejandro Duque Amusco ha escrito al menos tres memorables. No es parca cosecha.

sábado, 3 de junio de 2017

Lorenzo Oliván, pensar con los sentidos



Dejar la piel (Pensamiento y visión)
Lorenzo Oliván
Pre-Textos. Valencia, 2017.

Lorenzo Oliván, uno de los más destacados poetas de su generación, comenzó su carrera literaria publicando dos libros de aforismos, años antes de que el género se pusiera de moda. Siguió cultivándolo en títulos sucesivos y ahora resume tres décadas de dedicación en el volumen Dejar la piel, donde no están todos los que ha escrito, pero sí lo fundamental de su aguda y grave obra breve.
            Hemos hablado de aforismos, pero si nos atenemos a la etimología de la palabra no serían, en la mayor parte de los casos, propiamente aforismos, esto es, dichos sentenciosos, píldoras sapienciales. Sus dos títulos primeros, Cuatro trazos y La eterna novedad del mundo, aún hoy los que muchos de sus lectores prefieren, tenían mucho que ver con la greguería, entremezclaban humor y poesía, nos mostraban las cosas cotidianas con el asombro del niño. Progresivamente su mirada se fue enturbiando a la vez que se hacía más reflexiva, pero el gusto por el decir ingenioso –aprendido en Gómez de la Serna– no le abandonó nunca. “Un ataúd es un cajón que presume de ser mueble”, leemos en Hilo de nadie.
            Lorenzo Oliván, según nos indica en el extenso prólogo, prefiere el término “fragmentos” para referirse “a lo que algunos suelen llamar aforismos”. No parece una elección muy afortunada. Un aforismo es exactamente lo contrario de un fragmento: un texto breve con principio y fin, que debe ser leído exento, que no forma parte de otro texto mayor. Un epigrama de dos versos, o un microrrelato de dos líneas, no son fragmentos; sí, en cambio, cincuenta o cien versos de un poema épico, varias páginas de una novela.
            Curiosamente, salvo en el prólogo, Lorenzo Oliván no emplea nunca el término “fragmento”, sino el de aforismos, en sus libros presuntamente de fragmentos: “El aforismo, tan diminuto siempre, pide a menudo la hipérbole, para hacerse ver”, “Un aforismo tiene que ser contundente como un puñetazo y, a la vez, dar la mano”, “Persigue en tus aforismos el arte de las desapariciones. ¿Qué, que podrías decir, no dices o insinúas? ¿Qué sombra o rastro fugaz cruza el blanco de la página?”
            No es lo único discutible del prólogo, que entremezcla reflexiones generales con el eco de viejos resquemores. “El error que cometió cierta poesía que defendía con insistencia el sentido común, el oficio y la labor de artesano del poeta fue caricaturizar como simples chamanes a quienes coqueteaban con cualquier visión metafísica del hecho poético”. Y se pregunta luego retóricamente si es que Keats o Pessoa fueron “ridículos chamanes”. como si alguien les hubiera aplicado alguna vez tal calificativo (sí se le pudo aplicar quizá, en las polémicas literarias de los ochenta, a Leopoldo María Panero). Pero los lectores tienen la costumbre de saltarse los prólogos en los que los autores hablan de su obra, lo que no deja de ser una buena costumbre.
            La “Obertura” de Cuatro trazos ya nos pone la sonrisa en los labios. El autor juega, como haría un niño, con los instrumentos de la orquesta: “El acordeón va disfrazado de dragón chino”, “Al trombón le pusieron el nombre un día en que se cayó por unas escaleras”. “En los platillos las notas caen como moscas”.
            Humor y poesía: “Todo el mar tiembla cuando la luna entra en él, desnuda”. “Cuando el río se acerca al mar, asustado, se hace el muerto, se hace mar”, “A los espejos cualquier aliento de vida les empaña de angustia el corazón”.
            La personificación es uno de los recursos literarios preferidos por Lorenzo Oliván. Unas veces recuerda la comicidad de los dibujos animados: “El piano de cola se peina con raya a un lado”, “Los garbanzos llevan el culo al aire”, “Los murciélagos, después de usar sus alas, las cuelgan de un perchero”. Otras veces se acerca al microrrelato, con la luna como protagonista preferente: “Vi la luna en lo alto de la torre y, tan triste estaba, que pensé: se va a tirar”.
            Abundan también, como en los chistes, como en las greguerías, los juegos de palabras (“La corrupción hace la fuerza”) y el uso hasta el abuso del simbolismo fonético: “Cicatriz es una palabra que, al pronunciarla, vuelve a abrir mentalmente la herida”, “Qué perfección la de la palabra melancolía. Larga. Grave. Acentuada”, “En la palabra champán hay una invitación a abrir ya la botella”, “Suplicio y suplico son dos palabras que solo el diablo pudo hacer parecidas”.
            En sus últimas colecciones de aforismo, Lorenzo Oliván, como arrepentido de su eutrapelia y de juguetear con las palabras, frunce a menudo el ceño, se vuelve metafísico y moralista. Ejemplos de lo uno y de lo otro: “En nuestra existencia, lo biológico sucede con tanta fatalidad que hasta cierto punto hace inevitable que lo biográfico quede como imantado de destino”, “La democracia, el estado de las apariencias, ha enseñado a los políticos a saber estar, pero no a saber ser”.
            No es el mejor Lorenzo Oliván, a mi entender. Afortunadamente, su creatividad y su ingenio (aunque sea una cualidad que no aprecie demasiado) le salvarán siempre de tropezar con lo obvio y de que se le pueda aplicar uno de sus aforismos: “La moralina es ese polvillo que recubre, de no leerlos nadie, a los escritores moralizantes”.


sábado, 27 de mayo de 2017

Desmontando a Ferlosio


QWERTYUIOP
Sobre enseñanza, deportes, televisión, publicidad, trabajo y ocio
Edición de Ignacio Echevarría
Debate, Barcelona, 2017.


Con un nutrido volumen de título impronunciable, QWERTYUIOP (las primeras letras del teclado de las antiguos máquinas de escribir y de los ordenadores) concluye la publicación de los ensayos reunidos de Rafael Sánchez Ferlosio, ejemplarmente editados por Ignacio Echevarría.
            En esos cuatro tomos se encuentra su obra mayor a juicio de muchos y especialmente de propio autor, desdeñoso de las dos novelas, Alfanhuí y El Jarama, que le hicieron un sitio en la historia de la literatura española.
            Pero el lector desprejuiciado tiene sus dudas ante esa afirmación. De que es un gran escritor no cabe ninguna duda, y ahí están los dos títulos citados, a los que se podrían añadir los textos breves –aforismos, greguerías, incluso poemas– de Campo de amapolas, para confirmarlo; bastante más discutible resulta que sea un pensador digno de tenerse en cuenta, y eso a pesar de las pretenciosas apariencias.
            Este cuarto volumen de ensayos lleva un subtítulo que cumple a la perfección su función aclaratoria: “Sobre enseñanza, deportes, televisión, publicidad, trabajo y ocio”. En el epílogo autobiográfico, “La forja de un plumífero”, señala Ferlosio como característica principal de su tercera etapa “el culto y el cultivo y el cultivo de la hipotaxis, para la que el español está excepcionalmente dotado”.
            Ese “culto y cultivo”, esa obsesión por la subordinación sintáctica, le ha llevado a escribir oraciones cada vez más extensas, a veces hasta de una página, llenas de incisos y meandros, que requieren toda la atención del lector para no perder el hilo.
            ¿Merece la pena esa atención? Es posible que sí –y el Sánchez Ferlosio gramático, moralista, detractor del liberalismo y del libre mercado  cuenta con notables defensores–, pero yo tengo mis dudas.
            Las veces en que habla claro, las pocas veces en que no se envuelve en referencias eruditas ni en complejas subordinaciones, acostumbra a incurrir con excesiva frecuencia en generalizaciones abusivas y en profecías apocalípticas de dudoso fundamento, cuando no en obvias bobadas.
            Comencemos por un ejemplo de esto último, tomado del más reciente de los ensayos del autor, “Notas sobre feminismo, fotografía y publicidad”, de 2014. ¿Cuál es el mayor enemigo del feminismo?, se pregunta. Y sin ninguna duda se responde: el fotógrafo. “Fue una desgracia que el auge del feminismo coincidiera con el de la fotografía”, se lamenta. ¿La razón? “La sumisión que consigue el fotógrafo no la ha logrado jamás el confesor, no digamos ya ningún otro varón, ni siquiera en funciones de amante”. Copio, sin comentarios (no hacen falta), la larga frase (marca de la casa) en que se explican tales peregrinas afirmaciones: “Asombran la inauditas poses que el fotógrafo consigue que ponga la mujer retratada, sin ser ella capaz de percibir ni recelar el tremendo ridículo que tendrían algunas de esas poses en cualquier otra circunstancia que no fuese la de exhibición pública en revistas: revistas de moda, suplementos dominicales de los diarios, revistas del corazón, revistas femeninas, revistas pornográficas, revistas de consejos y terapias, revistas de lanzamiento personal y, en general, la variada inserción publicitaria en todo tipo de prensa”.
            Después de ese despilfarro de palabras para envolver un sinsentido, sorprende lo que Sánchez Ferlosio, habitual colaborador en la prensa con sus desmedidos artículos, dice de los periódicos: no serían más que “cajas vacías” que hay que llenar todos los días, un periódico que cumpliera verdaderamente su función –dar cuenta de las noticias– “tendría que tener un día once páginas y cinco octavos de página, otro treinta y una páginas y un tercio, y, en fin, un día excepcionalmente feliz, aparecer en los quioscos y ser puesto a la venta bajo el mismo título y con el mismo precio, con todas sus páginas en blanco y solo este mensaje en la portada: Pas de nouvelles, bonnes nouvelles!
            Solo dos comentarios a esa ingeniosidad: los diarios no publican solo “noticias”, sino también colaboraciones de todo tipo desde reportajes hasta artículos políticos o literarios (en el XIX, incluso novelas por entregas); segundo, ¿en qué hoja parroquial estaría pensando Sánchez Ferlosio cuando se imagina un día sin noticias? No parece haberse enterado de las ediciones regionales de los diarios nacionales (hechas para que poder publicar noticias que no cabían en la edición general) ni de las versiones digitales. con más y más noticias.
            Da un poco de vergüenza entretenerse en estas minucias, es como discutir con un niño (mucho de infantil tienen las ocurrencias de Ferlosio cuando se las despoja del manto reverencial de su prosa). La televisión, como no podía ser de otra manera en un pensador apocalíptico del siglo pasado, es “la bicha” con la que nadie puede, la encarnación del maligno. Lo novedoso, lo que nos hace abrir los ojos asombrados, es el origen para Ferlosio de todos los males televisivos. El aplauso que se escucha en ciertos programas es lo que le produce “mayor desolación, mayor desesperación, una turbadora sombra de terror”. Para él, bastaría que se prohibiera la presencia de público en los programas televisivos para que “la bicha”, o sea la televisión, mejorara y desapareciera su “encanallamiento”.
            Contra el automóvil van también las diatribas de Ferlosio. Sería el nuevo déspota que controla el mundo. “No se le pueden prohibir calles, ni reducir velocidades”, se lamenta. Y añade: “de todos los sentidos o funciones posibles de la calle tan solo es ya concebible el del tráfico rodado; la misma idea de calle ha perdido cualquier otra connotación que no sea la de espacio o pista para el automóvil”. La noticia de la peatonalización del centro de las ciudades no parece haberle llegado a este gran lector de periódicos.
            No digo yo que acerca del remordimiento, la culpa, la historia, el carácter y el destino, sobre todas esas cuestiones a las que ha dedicado largos ensayos, no encontremos fértiles y sutiles reflexiones en los cuatro tomos de sus ensayos. Pero conviene leerlas sin la acrítica beatería habitual: quien, cuando habla claro, disparata con tanta facilidad no es probable que abandone esa costumbre cuando incurre en más o menos trabajosas logomaquias hipotácticas.

sábado, 20 de mayo de 2017

Rafael Argullol y el asombro de vivir


Poema
Rafael Argullol
Acantilado. Barcelona, 2017.

La hazaña que Rafael Argullol realiza con su libro Poema tiene pocos parangones en cualquier literatura. El modelo más cercano que podemos encontrarle quizá sea el Cancionero de Miguel de Unamuno, esa especie de diario poético que el escritor dejó inédito a su muerte y que contiene más de mil setecientos poemas.
            Más de mil contiene el Poema –uno por cada día del año durante tres años– de Rafael Argullol. El título no deja de resultar algo engañoso. Si bien es cierto que entre todos ellos puede establecerse una cierta unidad (que el autor se encarga algo artificiosamente de subrayar con sus referencias al encargo de un barquero que simboliza a Caronte), esta no resulta mayor que la que se establece entre los poemas de cualquier otro autor.
            Un poema debe ser leído del principio al fin, siguiendo el orden de sus versos; este Poema puede ser abierto por cualquier página y en cada una de ellas, con pocas excepciones, encontramos un motivo de asombro y reflexión.
            Los textos que integran Poema llevan como título una fecha y algunos de ellos, como en cualquier diario, se refieren a la noticia destacada (el encuentro de los restos de Ricardo III, la muerte de Bin Laden o la renuncia de Benedicto XVI) o a la celebración del día: navidad, domingo de resurrección, cumpleaños… Pero la mayoría admiten una lectura independiente al margen de la fecha. Se trata de espléndidos poemas, que merecen título propio y editarse aparte, al margen de este titánico empeño que algo tiene de aspiración a entrar en el libro guiness de los récords y de circense “más difícil todavía”.
            Hay poemas que pueden considerarse breves relatos, como la historia del presunto unicornio que el rey de Portugal regaló al papa León X, y otros que se aproximan a la reflexión sapiencial, casi aforística: “Los ojos de un gato que nos mira fijamente / son un destello de la eternidad”.
            Abundan las notas de viaje: en estos tres años el autor ha recorrido el ancho mundo, desde el helado norte hasta la soleada Italia. “No ha transcurrido ninguno de mis aniversarios / sin que reaparezca, como una bruja seductora, / la hermosa idea de desaparecer”, escribe el 9 de mayo de 2013, el día de su cumpleaños, que celebra “en las islas Lofoten, / en el norte del norte, / ante el Maelström que subyugó a Poe”.
            ¿Cómo olvidar los versos dedicados a Roma (con ese paseo matinal, que casi podemos seguir paso a paso, desde la Academia de España hasta la Piazza de Santa Maria in Trastevere), a Palermo, con la muerte que pasea por sus calles “segura de su poder de seducción” y a tantos otros lugares?
            Poemas ligados al fluir de los días –la poesía es siempre poesía de circunstancias, decía Goethe–, pero que pueden y deben ser leídos de manera exenta en la mayor parte de los casos. Dos ejemplos, entre docenas de ellos: el dedicado a San Jerónimo, quien mientras traduce la Biblia queda admirado por “el coraje y la belleza desolada” del poema de Lucrecio, De rerum natura, y a pesar del peligro que supone para la fe cristiana decide no destruirlo porque “es mejor la compañía de un sabio inquietante / que la de tantos tontos complacientes”; o el perfecto ejemplo de écfrasis –bien ajeno a frialdad parnasiana– que constituyen los versos sobre la Annunziata de Antonello de Messina, “sin ángel, sin luz de oro, / pura turbación en el amor sin límites”.
            “Piensa el sentimiento, siente el pensamiento” es un conocido verso de Unamuno que podría servir como lema de este diario poético. Rafael Argullol llega a la literatura desde la filosofía (o al revés) y eso se nota en cualquiera de las páginas de su libro, escritas con una agudeza y una curiosidad intelectual no demasiado frecuente entre los literatos.
            El extenso índice onomástico (que el autor denomina, muy atinadamente, “Dramatis personae”) nos ilustra bien sobre la amplitud enciclopédica de sus inquietudes. El azar alfabético hace que comience con Abu Sakkar, guerrero sirio contemporáneo, que “machete en mano, / atraviesa el pecho del prisionero / y le extrae el corazón y el hígado”, y que termine con Zimmer, el carpintero alemán que cuidó de Hölderlin durante sus años de locura.
            La lección que se extrae de este Poema, como quiere el autor, o de este diario poético, como a mí me parece más acertado considerarlo, se repite en los últimos fragmentos: “Toca vivir sin miedo. Toca vivir”.
            Mientras su vida giraba “mil veces alrededor del mundo”, Rafael Argullol ha realizado una hazaña irrepetible: escribir un poema cada día durante tres años, sin condescender con la vacuidad, la retórica consabida, el sinsentido (y también, afortunadamente, sin pretender ser siempre sublime). El resultado es un caleidoscópico autorretrato, en el que nos reconocemos, y la crónica de un viaje por territorios que alternan cotidianidad y memoria cultural, jardín y precipicios, un viaje por territorios insólitos y familiares que están fuera y están dentro de nosotros mismos.