sábado, 24 de junio de 2017

Arthur Koestler: una vida, cien novelas


Arthur Koestler. Nuestro hombre en España
Jorge Freire
Editorial Alrevés. Barcelona, 2017.

El siglo XX cuanta con pocos personajes tan apasionantes como Arthur Koestler. Su vida da, no para una, sino para muchas novelas. Jorge Freire se centra en el episodio de su detención en Málaga el año 1937, su traslado a Sevilla, su condena a muerte, la imprevista liberación final al ser intercambiado por la mujer del capitán Carlos Haya, una de las figuras más destacadas de los sublevados. Antes de esa aventura, Koestler ya había sido protagonista de otra durante la guerra civil. A poco de comenzada, logró disimular su militancia comunista y entrevistar en Sevilla a Queipo de Llano haciéndose pasar por corresponsal de un diario británico conservador.
            Con criterio muy cinematográfico, Jorge Freire alterna en cada capítulo el episodio de 1937, reconstruido casi hora a hora, con amplios resúmenes de los antecedentes.
            A sus treinta y dos años, Arthur Koestler había tenido tiempo para conocer de primera mano el derrumbe del imperio austrohúngaro –había nacido en Budapest, de familia judía–, participar en la revolución comunista de Béla Kun, abandonar sus estudios de ingeniería para ir a Palestina a trabajar en un kibutz, renunciar pronto para llevar allí una vida casi de mendigo, ser nombrado corresponsal en Oriente Medio de la más importante cadena de periódicos alemanes, convertirse luego en director de la sección científica de la más importante cadena de periódicos alemana, cambiar el sionismo por el comunismo, ser un activo agente del konmintern, apasionarse con incontables aventuras amorosas… Esto último sería, la causa de que empezara “a escribir novelas mucho más tarde que lo normal” si hemos de hacer caso a sus palabras: “Mis amores durante estos años fueron tantos y tan intensos que mataron el ansia creadora. Las calorías que gasté en ellos habrían bastado para escribir media docena de novelas. Pero habrían sido malas novelas, y en cambio como vida fue excelente”.
            Con su primera novela, Oscuridad a mediodía (en España titulada El cero y el infinito), de 1941, alcanzó de inmediato un éxito mundial. Al denunciar los procesos de Moscú, Koestler sabía bien de qué hablaba: ahora defendía a las víctimas, pero poco antes había sido uno de los fanáticos inquisidores.
            El libro de Jorge Freire nos deja con ganas de saber más cosas de este personaje fascinante. Lo cerramos y abrimos de inmediato el primer tomo de la autobiografía de Koestler, Flecha en el azul. Arthur Koestler no fue solo un fue solo un incansable aventurero en busca de una fe a la que servir ciegamente; fue, además, un escritor excepcional: hablara de lo que hablara, sabía cómo atrapar al lector desde las primeras líneas.
            Tras releer las obras de Koestler que Jorge Freire resume y a ratos rebate, la valoración de su libro no puede ser la misma. A ratos da la impresión de no haberse enterado del todo.
            Koestler comienza su autobiografía con un “horóscopo secular”, con un comentario a las noticias del día de su nacimiento. Ese espléndido capítulo, Jorge Freire lo resume así: “Bastaba una copia del Times londinense del 6 de septiembre de 1905 para apreciar los movimientos telúricos que animaban entonces el mundo: pogromos antijudíos, ataques a obreros, editoriales sobre el acuerdo que ponía fin a la guerra ruso-japonesa, encomios al laissez-faire…
            ¿Encomios al laissez-faire? Exactamente lo contrario es lo que se deduce del editorial del Times que contrapone “la subordinación del individuo a la tribu y al Estado” que manifestaron los japoneses victoriosos al “excesivo individualismo” de Occidente. Lo que marcaba la hora de su nacimiento, indica Koestler, era “el fin de la era del liberalismo y del individualismo”.
            Se entretiene luego Freire subrayando los errores de Koestler. Pero esos presuntos errores se deben solo a lecturas apresuradas. Un ejemplo: “Koestler afirmaba que su abuelo era un social-revolucionario que había desertado del ejército ruso después de la guerra de Crimea. No cabe duda de que un abuelo eserista le habría conferido un blasón de quijotismo, algo apremiante para alguien que, como él, buscaba enderezar los renglones torcidos de su vida con un relato congruente. Sin embargo, los eseristas surgieron varios años después de la guerra de Crimea, lo que hace de su explicación una sencilla patraña”.
            ¿Una sencilla patraña? Veamos lo que dice Koestler de su abuelo: “Por qué huyó de Rusia, no se sabe. Tal vez fuera desertor del ejército, o tal vez se viera complicado en el movimiento Social-Revolucionario, o quizá, después de todo, haya cometido un crimen. Naturalmente, prefiero creer que era un revolucionario socialista”.
            Koestler escribe con cautela e inteligencia (“no se sabe”, “tal vez”, “prefiero creer”), Freire con juvenil desparpajo y algún descuido: afirma que en 1896 se construyó en Hungría el primer ferrocarril de Europa (p. 24), cita equivocadamente a Machado (“por qué llamamos caminos a los surcos del azar”, p. 80), etc.
            El mayor mérito de Arthur Koestler. Nuestro hombre en España es que, tras su rápida y amena lectura, nos deja con ganas de saber más del escritor. Buscamos entonces sus libros y descubrimos que fue, además de un singular personaje, un lúcido ensayista y un maestro de la narración autobiográfica. La comparación entre cómo cuenta un pasaje de su vida el propio protagonista y cómo lo parafrasea Jorge Freire convierte al segundo en un algo apresurado, aunque no por eso desdeñable, divulgador.

domingo, 18 de junio de 2017

De Ulrica a Javier Otárola


Homenaje a Borges
María Kodama
Lumen. Barcelona, 2016.

Sobre la relación entre María Kodama y Jorge Luis Borges hay una leyenda negra y otra rosa; ambas, aunque en apariencia incompatibles, son probablemente verdaderas.
            Quizá las más hermosas dedicatorias que un poeta haya escrito nunca se encuentran en La moneda de hierro, La cifra y Los conjurados, los tres últimos libros de versos de Jorge Luis Borges. Son otros tantos poemas en prosa y están dedicados a María Kodama, alumna primero, colaboradora después, con quien se casaría en Ginebra poco antes de su fallecimiento.
            Tras la muerte de Borges, en 1986, María Kodama, discutida heredera de los derechos de autor, se dedicó a promocionar muy eficazmente su obra por todo el mundo. Homenaje a Borges recopila una amplia muestra de las conferencias que dio en los más diversos lugares (no suelen indicarse).
            La edición es descuidada (carece de editor en el sentido intelectual del término, como viene siendo habitual en los grandes grupos editoriales) y no escasea en errores, fruto de una corrección mecánica: se habla varias veces de la “avidez” de Kant (para referirse a la aridez de su prosa), se confunde la fecha de la cita final con la de la conferencia “Borges y el Oriente”, se titula “Juan Goytisolo nos presenta” (son sus primeras palabras) un texto en el que Goytisolo no presenta a nadie… Esos descuidos (fácilmente subsanables con un editor profesional), aunque irritantes, no limitan el interés del conjunto.
            María Kodama se muestra en estas páginas como una excelente conocedora del universo borgiano y se ocupa, con inteligencia y erudición, de sus obsesiones fundamentales: la memoria, las bibliotecas, el tiempo, el Oriente, el Golem, los sueños. Son páginas divulgativas, con algún apunte autobiográfico, que es quizá lo que más agradecerán muchos de los lectores.
            Nos habla del desagrado que Borges sentía ante uno de sus poemas más famosos, el soneto “El remordimiento” (“He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer…), escrito  tres días después de haber muerto su madre. “Consideraba a este poema –señala Kodama– espantosamente sentimental y carente de la distancia que éticamente debe mediar entre experiencia y realización”.
            En ese rechazo debía haber algo de coquetería: Borges no podía ignorar que el sorprendente comienzo (considerar la infelicidad como un pecado) ya lo alejaba de un mero desahogo sentimental.
            Acá y allá nos va dejando pistas de su relación con Borges, que a ratos parece un tanto fantaseada. Tenía cinco años cuando le leyeron el primer texto de Borges, uno de sus poemas ingleses, y ella quedó impresionada para siempre, especialmente por los dos versos finales: “Puedo darte mi soledad, mis sombras, la angustia de mi corazón; / estoy intentando sobornarte con la incertidumbre, el peligro, el fracaso”.
            A los doce años lo escuchó por primera vez en una conferencia; a los dieciséis comenzó a ser su alumna. Tras la muerte de la madre de Borges (en 1975) se convirtió en su acompañante exclusiva en los viajes al extranjero. Esa relación iría pasando por distintas fases hasta culminar “en el amor que nos habitaba, mucho antes de que usted me lo dijera, mucho antes de que yo tuviera conciencia de mis sentimientos”.
            La revelación de ese amor tuvo lugar en Islandia y se cuenta secretamente en el cuento “Ulrica”, de El libro de arena. Por eso, en la estela funeraria de Ginebra, aparece la inscripción “De Ulrica a Javier Otárola” y la cita de la Völsunga saga que Borges puso al frente de ese cuento.
            Un psicoanalista tendría mucho que decir de esa historia de amor. La traducción de la cita dice así: “Tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos”. Extraña inscripción como resumen de una historia amorosa. En el cuento desaparece esa espada, pero no parece que eso suponga la realización física del amor: “No había una espada entre los dos. Como la arena se iba el tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica”.
            Por si no quedara claro, en el epílogo Borges señala la “afinidad” de “Ulrica” con “El otro”, donde relata un fantasmagórico encuentro consigo mismo. La fría espada que separaba a estos amantes –que siempre se trataron de usted, que en la intimidad, si hemos de creer a Kodama, se daban los nombres cariñosos de Ulrica y Javier Otárola (así, con apellido)– solo desapareció en un vago sueño erótico que tuvo lugar en Irlanda, no en la realidad.
            Extraña historia de amor, ya digo. “Su padre la educó para mí”, indica Kodama que le repetía a menudo Borges. Y en la “Inscripción” al frente de Historia de la noche, uno de los mejores ejemplos del recurso de la enumeración caótica, tan característicamente suyo, entre las razones de la dedicatoria (“Por los mares azules de los atlas… Por Venecia de cristal y crepúsculo”) se encuentra “Por la memoria de Leonor Acevedo”, la madre de Borges.
            También hay lugar en estas páginas para el haiku, ciertos episodios de la historia argentina, los relatos de Cortázar. Pero son las luces y las sombras que añaden al retrato del escritor y lo que nos dejan entrever de su extraña relación final lo que impide que sean una prescindible pieza más en la inabarcable bibliografía borgiana.

            

sábado, 10 de junio de 2017

Alejandro Duque Amusco, poemas memorables


Jardín seco
Alejandro Duque Amusco
Sevilla. Renacimiento, 2017.

Han pasado más de cuarenta años desde que Alejandro Duque Amusco publicó su primer libro, Esencias de los días, y a pesar de su continua dedicación poética, y de haber obtenido algún llamativo galardón, como el Loewe, sigue siendo más conocido y apreciado como editor y estudioso de Vicente Aleixandre, de quien es el máximo especialista.
            Lo poético a menudo es enemigo de la poesía y a Alejandro Duque Amusco, siempre educado, melancólico y preciosista, parece gustarle demasiado lo convencionalmente poético. Incapaz de escribir un mal poema, parecía que también le estaba negada esa intensidad que caracteriza a los versos que son más un puñetazo que una caricia y que se nos quedan para siempre en la memoria.
            Pero su último libro, Jardín seco, contiene tres de esos poemas. Comenzamos a leerlo con el agrado y el no excesivo entusiasmo de costumbre. La memoria de la infancia y diversas estampas paisajísticas –el valle del Jerte, los campos de Lituania– ocupan la primera parte. El demorado versículo (“Nadie. Te has quedado sin el palio frondoso de los árboles que estremecían el aire con sus claros anillos”) contrasta con los haikus de “Hojas del verano”: “Siempre es la nube / que nos tapa el sol / la que pasa más lenta”.
            Los mejores poemas de la segunda parte –“En el viaje”, “El cofre”– utilizan un procedimiento, más grato a Bousoño o Brines que a Aleixandre, que consiste en utilizar elementos de la cotidianidad y darles trascendencia metafísica. “Heinrich Schliemann” es un ejemplo del monólogo dramático que Cernuda introdujo en la poesía española y que con tanta insistencia cultivó la generación novísima, a la que cronológicamente Duque Amusco pertenece.
            La tercera parte reúne los poemas de amor (aunque uno de los mejores, “Extraño pájaro”, se dedica a la amistad). Los hay de poco frecuente intensidad, pero también otros de lenguaje en exceso consabido. “La noche no cumplida del amor se desangra. / Cómo desvanecen los tornasoles del recuerdo” comienza “Violoncelos”, donde no falta una voz, “una voz de seda y fiebre”, que murmura al oído “¿Cuánto has amado?”
            Los tres poemas que hacen cambiar nuestra opinión sobre Alejandro Duque Amusco, que lo colocan entre los poetas imprescindibles de este tiempo y de cualquier tiempo, están en la sección final.
            Hay otros notables, como la sextina –esa artificiosa composición estrófica que puso de moda Jaime Gil de Biedma– dedicada a un dolmen. La primera estrofa dice así: “Eran como nosotros esos hombres, / iguales en temor ante la tumba / y ante el silencio en que se oculta dios. / Cada noche miraban las estrellas / y erigían sus ídolos de piedra / para encontrar una respuesta al tiempo”. Y la última (las palabras finales, que se reiteran a lo largo del poema, reunidas en tres versos): “Otros hombres vendrán hasta esta tumba / a interrogar a dios y a las estrellas. / La piedra es la respuesta que da el tiempo”.
            Notables ejercicios retóricos son también los sonetos “Autorretrato para después” (aunque la disposición en dísticos no facilita la lectura) y “Siempre”, en verso alejandrino, que cierra el libro glosando una de las rubaiyat de Omar Jayyam.
            Los tres poemas especialmente memorables son otras tantas elegías. Al padre se dedica la primera de ellas, “Regreso”. No es un tema fácil, demasiado proclive al sentimentalismo e incluso al ajuste de cuentas. Duque Amusco consigue unos versos nada manriqueños, pero que no desmerecerían en ninguna antología junto a las coplas –o el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías– y que quizá no habría desdeñado firmar Manrique.
            “Aurora” es la elegía a una vida no vivida, a una niña muerta antes de nacer. La falacia patética está a un paso, como en el poema anterior, como en el que cierra esta estremecedora trilogía, “Resurrección”: “Desde que has muerto te has hecho más mía cada día / en el fino telar de la memoria”. Tres poemas arriesgados, tres temas en los que es fácil, casi inevitable, incurrir en el sentimentalismo.
            Teníamos la opinión de que Alejandro Duque Amusco era un poeta correcto, elegante y quizá un tanto prescindible, un buen discípulo de no siempre los mejores maestros. Jardín seco, que a ratos parece confirmar esa opinión, nos la hace cambiar por completo.
            Un poema le bastó a Jorge Manrique para hacerse un sitio de honor en la poesía española; Alejandro Duque Amusco ha escrito al menos tres memorables. No es parca cosecha.

sábado, 3 de junio de 2017

Lorenzo Oliván, pensar con los sentidos



Dejar la piel (Pensamiento y visión)
Lorenzo Oliván
Pre-Textos. Valencia, 2017.

Lorenzo Oliván, uno de los más destacados poetas de su generación, comenzó su carrera literaria publicando dos libros de aforismos, años antes de que el género se pusiera de moda. Siguió cultivándolo en títulos sucesivos y ahora resume tres décadas de dedicación en el volumen Dejar la piel, donde no están todos los que ha escrito, pero sí lo fundamental de su aguda y grave obra breve.
            Hemos hablado de aforismos, pero si nos atenemos a la etimología de la palabra no serían, en la mayor parte de los casos, propiamente aforismos, esto es, dichos sentenciosos, píldoras sapienciales. Sus dos títulos primeros, Cuatro trazos y La eterna novedad del mundo, aún hoy los que muchos de sus lectores prefieren, tenían mucho que ver con la greguería, entremezclaban humor y poesía, nos mostraban las cosas cotidianas con el asombro del niño. Progresivamente su mirada se fue enturbiando a la vez que se hacía más reflexiva, pero el gusto por el decir ingenioso –aprendido en Gómez de la Serna– no le abandonó nunca. “Un ataúd es un cajón que presume de ser mueble”, leemos en Hilo de nadie.
            Lorenzo Oliván, según nos indica en el extenso prólogo, prefiere el término “fragmentos” para referirse “a lo que algunos suelen llamar aforismos”. No parece una elección muy afortunada. Un aforismo es exactamente lo contrario de un fragmento: un texto breve con principio y fin, que debe ser leído exento, que no forma parte de otro texto mayor. Un epigrama de dos versos, o un microrrelato de dos líneas, no son fragmentos; sí, en cambio, cincuenta o cien versos de un poema épico, varias páginas de una novela.
            Curiosamente, salvo en el prólogo, Lorenzo Oliván no emplea nunca el término “fragmento”, sino el de aforismos, en sus libros presuntamente de fragmentos: “El aforismo, tan diminuto siempre, pide a menudo la hipérbole, para hacerse ver”, “Un aforismo tiene que ser contundente como un puñetazo y, a la vez, dar la mano”, “Persigue en tus aforismos el arte de las desapariciones. ¿Qué, que podrías decir, no dices o insinúas? ¿Qué sombra o rastro fugaz cruza el blanco de la página?”
            No es lo único discutible del prólogo, que entremezcla reflexiones generales con el eco de viejos resquemores. “El error que cometió cierta poesía que defendía con insistencia el sentido común, el oficio y la labor de artesano del poeta fue caricaturizar como simples chamanes a quienes coqueteaban con cualquier visión metafísica del hecho poético”. Y se pregunta luego retóricamente si es que Keats o Pessoa fueron “ridículos chamanes”. como si alguien les hubiera aplicado alguna vez tal calificativo (sí se le pudo aplicar quizá, en las polémicas literarias de los ochenta, a Leopoldo María Panero). Pero los lectores tienen la costumbre de saltarse los prólogos en los que los autores hablan de su obra, lo que no deja de ser una buena costumbre.
            La “Obertura” de Cuatro trazos ya nos pone la sonrisa en los labios. El autor juega, como haría un niño, con los instrumentos de la orquesta: “El acordeón va disfrazado de dragón chino”, “Al trombón le pusieron el nombre un día en que se cayó por unas escaleras”. “En los platillos las notas caen como moscas”.
            Humor y poesía: “Todo el mar tiembla cuando la luna entra en él, desnuda”. “Cuando el río se acerca al mar, asustado, se hace el muerto, se hace mar”, “A los espejos cualquier aliento de vida les empaña de angustia el corazón”.
            La personificación es uno de los recursos literarios preferidos por Lorenzo Oliván. Unas veces recuerda la comicidad de los dibujos animados: “El piano de cola se peina con raya a un lado”, “Los garbanzos llevan el culo al aire”, “Los murciélagos, después de usar sus alas, las cuelgan de un perchero”. Otras veces se acerca al microrrelato, con la luna como protagonista preferente: “Vi la luna en lo alto de la torre y, tan triste estaba, que pensé: se va a tirar”.
            Abundan también, como en los chistes, como en las greguerías, los juegos de palabras (“La corrupción hace la fuerza”) y el uso hasta el abuso del simbolismo fonético: “Cicatriz es una palabra que, al pronunciarla, vuelve a abrir mentalmente la herida”, “Qué perfección la de la palabra melancolía. Larga. Grave. Acentuada”, “En la palabra champán hay una invitación a abrir ya la botella”, “Suplicio y suplico son dos palabras que solo el diablo pudo hacer parecidas”.
            En sus últimas colecciones de aforismo, Lorenzo Oliván, como arrepentido de su eutrapelia y de juguetear con las palabras, frunce a menudo el ceño, se vuelve metafísico y moralista. Ejemplos de lo uno y de lo otro: “En nuestra existencia, lo biológico sucede con tanta fatalidad que hasta cierto punto hace inevitable que lo biográfico quede como imantado de destino”, “La democracia, el estado de las apariencias, ha enseñado a los políticos a saber estar, pero no a saber ser”.
            No es el mejor Lorenzo Oliván, a mi entender. Afortunadamente, su creatividad y su ingenio (aunque sea una cualidad que no aprecie demasiado) le salvarán siempre de tropezar con lo obvio y de que se le pueda aplicar uno de sus aforismos: “La moralina es ese polvillo que recubre, de no leerlos nadie, a los escritores moralizantes”.


sábado, 27 de mayo de 2017

Desmontando a Ferlosio


QWERTYUIOP
Sobre enseñanza, deportes, televisión, publicidad, trabajo y ocio
Edición de Ignacio Echevarría
Debate, Barcelona, 2017.


Con un nutrido volumen de título impronunciable, QWERTYUIOP (las primeras letras del teclado de las antiguos máquinas de escribir y de los ordenadores) concluye la publicación de los ensayos reunidos de Rafael Sánchez Ferlosio, ejemplarmente editados por Ignacio Echevarría.
            En esos cuatro tomos se encuentra su obra mayor a juicio de muchos y especialmente de propio autor, desdeñoso de las dos novelas, Alfanhuí y El Jarama, que le hicieron un sitio en la historia de la literatura española.
            Pero el lector desprejuiciado tiene sus dudas ante esa afirmación. De que es un gran escritor no cabe ninguna duda, y ahí están los dos títulos citados, a los que se podrían añadir los textos breves –aforismos, greguerías, incluso poemas– de Campo de amapolas, para confirmarlo; bastante más discutible resulta que sea un pensador digno de tenerse en cuenta, y eso a pesar de las pretenciosas apariencias.
            Este cuarto volumen de ensayos lleva un subtítulo que cumple a la perfección su función aclaratoria: “Sobre enseñanza, deportes, televisión, publicidad, trabajo y ocio”. En el epílogo autobiográfico, “La forja de un plumífero”, señala Ferlosio como característica principal de su tercera etapa “el culto y el cultivo y el cultivo de la hipotaxis, para la que el español está excepcionalmente dotado”.
            Ese “culto y cultivo”, esa obsesión por la subordinación sintáctica, le ha llevado a escribir oraciones cada vez más extensas, a veces hasta de una página, llenas de incisos y meandros, que requieren toda la atención del lector para no perder el hilo.
            ¿Merece la pena esa atención? Es posible que sí –y el Sánchez Ferlosio gramático, moralista, detractor del liberalismo y del libre mercado  cuenta con notables defensores–, pero yo tengo mis dudas.
            Las veces en que habla claro, las pocas veces en que no se envuelve en referencias eruditas ni en complejas subordinaciones, acostumbra a incurrir con excesiva frecuencia en generalizaciones abusivas y en profecías apocalípticas de dudoso fundamento, cuando no en obvias bobadas.
            Comencemos por un ejemplo de esto último, tomado del más reciente de los ensayos del autor, “Notas sobre feminismo, fotografía y publicidad”, de 2014. ¿Cuál es el mayor enemigo del feminismo?, se pregunta. Y sin ninguna duda se responde: el fotógrafo. “Fue una desgracia que el auge del feminismo coincidiera con el de la fotografía”, se lamenta. ¿La razón? “La sumisión que consigue el fotógrafo no la ha logrado jamás el confesor, no digamos ya ningún otro varón, ni siquiera en funciones de amante”. Copio, sin comentarios (no hacen falta), la larga frase (marca de la casa) en que se explican tales peregrinas afirmaciones: “Asombran la inauditas poses que el fotógrafo consigue que ponga la mujer retratada, sin ser ella capaz de percibir ni recelar el tremendo ridículo que tendrían algunas de esas poses en cualquier otra circunstancia que no fuese la de exhibición pública en revistas: revistas de moda, suplementos dominicales de los diarios, revistas del corazón, revistas femeninas, revistas pornográficas, revistas de consejos y terapias, revistas de lanzamiento personal y, en general, la variada inserción publicitaria en todo tipo de prensa”.
            Después de ese despilfarro de palabras para envolver un sinsentido, sorprende lo que Sánchez Ferlosio, habitual colaborador en la prensa con sus desmedidos artículos, dice de los periódicos: no serían más que “cajas vacías” que hay que llenar todos los días, un periódico que cumpliera verdaderamente su función –dar cuenta de las noticias– “tendría que tener un día once páginas y cinco octavos de página, otro treinta y una páginas y un tercio, y, en fin, un día excepcionalmente feliz, aparecer en los quioscos y ser puesto a la venta bajo el mismo título y con el mismo precio, con todas sus páginas en blanco y solo este mensaje en la portada: Pas de nouvelles, bonnes nouvelles!
            Solo dos comentarios a esa ingeniosidad: los diarios no publican solo “noticias”, sino también colaboraciones de todo tipo desde reportajes hasta artículos políticos o literarios (en el XIX, incluso novelas por entregas); segundo, ¿en qué hoja parroquial estaría pensando Sánchez Ferlosio cuando se imagina un día sin noticias? No parece haberse enterado de las ediciones regionales de los diarios nacionales (hechas para que poder publicar noticias que no cabían en la edición general) ni de las versiones digitales. con más y más noticias.
            Da un poco de vergüenza entretenerse en estas minucias, es como discutir con un niño (mucho de infantil tienen las ocurrencias de Ferlosio cuando se las despoja del manto reverencial de su prosa). La televisión, como no podía ser de otra manera en un pensador apocalíptico del siglo pasado, es “la bicha” con la que nadie puede, la encarnación del maligno. Lo novedoso, lo que nos hace abrir los ojos asombrados, es el origen para Ferlosio de todos los males televisivos. El aplauso que se escucha en ciertos programas es lo que le produce “mayor desolación, mayor desesperación, una turbadora sombra de terror”. Para él, bastaría que se prohibiera la presencia de público en los programas televisivos para que “la bicha”, o sea la televisión, mejorara y desapareciera su “encanallamiento”.
            Contra el automóvil van también las diatribas de Ferlosio. Sería el nuevo déspota que controla el mundo. “No se le pueden prohibir calles, ni reducir velocidades”, se lamenta. Y añade: “de todos los sentidos o funciones posibles de la calle tan solo es ya concebible el del tráfico rodado; la misma idea de calle ha perdido cualquier otra connotación que no sea la de espacio o pista para el automóvil”. La noticia de la peatonalización del centro de las ciudades no parece haberle llegado a este gran lector de periódicos.
            No digo yo que acerca del remordimiento, la culpa, la historia, el carácter y el destino, sobre todas esas cuestiones a las que ha dedicado largos ensayos, no encontremos fértiles y sutiles reflexiones en los cuatro tomos de sus ensayos. Pero conviene leerlas sin la acrítica beatería habitual: quien, cuando habla claro, disparata con tanta facilidad no es probable que abandone esa costumbre cuando incurre en más o menos trabajosas logomaquias hipotácticas.

sábado, 20 de mayo de 2017

Rafael Argullol y el asombro de vivir


Poema
Rafael Argullol
Acantilado. Barcelona, 2017.

La hazaña que Rafael Argullol realiza con su libro Poema tiene pocos parangones en cualquier literatura. El modelo más cercano que podemos encontrarle quizá sea el Cancionero de Miguel de Unamuno, esa especie de diario poético que el escritor dejó inédito a su muerte y que contiene más de mil setecientos poemas.
            Más de mil contiene el Poema –uno por cada día del año durante tres años– de Rafael Argullol. El título no deja de resultar algo engañoso. Si bien es cierto que entre todos ellos puede establecerse una cierta unidad (que el autor se encarga algo artificiosamente de subrayar con sus referencias al encargo de un barquero que simboliza a Caronte), esta no resulta mayor que la que se establece entre los poemas de cualquier otro autor.
            Un poema debe ser leído del principio al fin, siguiendo el orden de sus versos; este Poema puede ser abierto por cualquier página y en cada una de ellas, con pocas excepciones, encontramos un motivo de asombro y reflexión.
            Los textos que integran Poema llevan como título una fecha y algunos de ellos, como en cualquier diario, se refieren a la noticia destacada (el encuentro de los restos de Ricardo III, la muerte de Bin Laden o la renuncia de Benedicto XVI) o a la celebración del día: navidad, domingo de resurrección, cumpleaños… Pero la mayoría admiten una lectura independiente al margen de la fecha. Se trata de espléndidos poemas, que merecen título propio y editarse aparte, al margen de este titánico empeño que algo tiene de aspiración a entrar en el libro guiness de los récords y de circense “más difícil todavía”.
            Hay poemas que pueden considerarse breves relatos, como la historia del presunto unicornio que el rey de Portugal regaló al papa León X, y otros que se aproximan a la reflexión sapiencial, casi aforística: “Los ojos de un gato que nos mira fijamente / son un destello de la eternidad”.
            Abundan las notas de viaje: en estos tres años el autor ha recorrido el ancho mundo, desde el helado norte hasta la soleada Italia. “No ha transcurrido ninguno de mis aniversarios / sin que reaparezca, como una bruja seductora, / la hermosa idea de desaparecer”, escribe el 9 de mayo de 2013, el día de su cumpleaños, que celebra “en las islas Lofoten, / en el norte del norte, / ante el Maelström que subyugó a Poe”.
            ¿Cómo olvidar los versos dedicados a Roma (con ese paseo matinal, que casi podemos seguir paso a paso, desde la Academia de España hasta la Piazza de Santa Maria in Trastevere), a Palermo, con la muerte que pasea por sus calles “segura de su poder de seducción” y a tantos otros lugares?
            Poemas ligados al fluir de los días –la poesía es siempre poesía de circunstancias, decía Goethe–, pero que pueden y deben ser leídos de manera exenta en la mayor parte de los casos. Dos ejemplos, entre docenas de ellos: el dedicado a San Jerónimo, quien mientras traduce la Biblia queda admirado por “el coraje y la belleza desolada” del poema de Lucrecio, De rerum natura, y a pesar del peligro que supone para la fe cristiana decide no destruirlo porque “es mejor la compañía de un sabio inquietante / que la de tantos tontos complacientes”; o el perfecto ejemplo de écfrasis –bien ajeno a frialdad parnasiana– que constituyen los versos sobre la Annunziata de Antonello de Messina, “sin ángel, sin luz de oro, / pura turbación en el amor sin límites”.
            “Piensa el sentimiento, siente el pensamiento” es un conocido verso de Unamuno que podría servir como lema de este diario poético. Rafael Argullol llega a la literatura desde la filosofía (o al revés) y eso se nota en cualquiera de las páginas de su libro, escritas con una agudeza y una curiosidad intelectual no demasiado frecuente entre los literatos.
            El extenso índice onomástico (que el autor denomina, muy atinadamente, “Dramatis personae”) nos ilustra bien sobre la amplitud enciclopédica de sus inquietudes. El azar alfabético hace que comience con Abu Sakkar, guerrero sirio contemporáneo, que “machete en mano, / atraviesa el pecho del prisionero / y le extrae el corazón y el hígado”, y que termine con Zimmer, el carpintero alemán que cuidó de Hölderlin durante sus años de locura.
            La lección que se extrae de este Poema, como quiere el autor, o de este diario poético, como a mí me parece más acertado considerarlo, se repite en los últimos fragmentos: “Toca vivir sin miedo. Toca vivir”.
            Mientras su vida giraba “mil veces alrededor del mundo”, Rafael Argullol ha realizado una hazaña irrepetible: escribir un poema cada día durante tres años, sin condescender con la vacuidad, la retórica consabida, el sinsentido (y también, afortunadamente, sin pretender ser siempre sublime). El resultado es un caleidoscópico autorretrato, en el que nos reconocemos, y la crónica de un viaje por territorios que alternan cotidianidad y memoria cultural, jardín y precipicios, un viaje por territorios insólitos y familiares que están fuera y están dentro de nosotros mismos.
           

            

sábado, 13 de mayo de 2017

Cara y cruz del aforismo


Verdad y media.
Antología de aforismos españoles del siglo XXI (2001-2016)
Selección de León Molina
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2017.

 El aforismo es un género que se ha puesto de moda. Hay quien lo atribuye al auge de las redes sociales, que privilegian los textos cortos, el decir mucho con pocas palabras, pero la mayoría de los más de dos mil quinientos que se incluyen en esta antología, dedicada a los aforistas españoles de siglo XXI, procede de algún libro.
            Cerca de cien autores, con centenar y medio de volúmenes dedicados íntegramente al aforismo, es una cosecha que nunca antes se dio en la literatura española, ni quizá en ninguna otra literatura.
            El aforismo, tradicionalmente considerado como compendio de una larga experiencia vital, ahora parece asociarse peligrosamente a la simple ocurrencia, al juego de palabras, al darle la vuelta, a veces muy mecánicamente, a una frase hecha.
            Hacer un aforismo, o un haiku, parece estar al alcance de cualquiera. Y ya se sabe que quien hace un aforismo, o un haiku, hace un ciento.
            Verdad y media es, en intención de su autor, León Molina, una antología de aforismos, no de aforistas, y por eso los nombres bien conocidos se entremezclan con otros que sonarán por primera vez para la mayoría de los lectores. Y lo más curioso es que aciertos y desaciertos se reparten a partes iguales.
            Desaciertos: “Todas las mujeres son traductoras”. Si usted lo dice…
            “Algunos críticos tienen miedo a la página en blando”. Un trivial juego de palabras con “el miedo a la página en blanco”. La paronomasia también resulta muy socorrida: “Ningún aforista está aforado”-
            “El arte tiene que trascender lo individual, tocar el arquetipo”. Una obviedad.
            “Se aprende a soñar en la manera que tiene el viento de agitar lo real”. ¿Seguro? Más bien parece mera palabrería pseudopoética.
            “La verdad descubre que la verdad recubre”. Otro juego de palabras, una de las recetas más mecánicamente utilizadas para crear aforismos: “La fe mueve guadañas” escribe León Molina, el antólogo, que no duda en incluirse en la selección.
            Los antecedentes resultan inevitables. Las buenas ideas, o las frases ingeniosas, casi siempre se le ocurren a más de uno. “Al séptimo día, ¿Dios descansó o tiró la toalla?”, escribe Félix Trull. Antes había escrito Ángel González que Dios no descansó al séptimo día, “al séptimo día se cansó”.
            Parafraseando a uno de los autores incluidos habría que decir que “un buen aforismo está al alcance de cualquiera, salvo de la mayoría de quienes se dedican a escribir aforismos”.
            Pero son más lo aciertos en esta antología de aforismos, y apenas hay páginas en que no encontremos alguno memorable.
            “Desconfío de la idea que no cabe en una frase”, escribe Jorge Wagensberg, que ha sabido como nadie utilizar el aforismo para divulgar el pensamiento científico. Ramón Éder: “Guardar un secreto para siempre fortalece el carácter”. Y Javier Almuzara: “Hay un momento de la vida en que se deja de actuar con red; justo cuando toca el triple salto mortal”.
            Podríamos seguir citando: “Lo que te hace el tiempo no te lo hace ni tu peor enemigo” (Karmelo C. Iribarren); “Hasta del infierno se puede sentir nostalgia si lo atravesamos en buena compañía” (Victoria León); “Cada creador es una caja de resonancia donde retumba el eco de una tradición” (José Ángel Mañas).
            Ls géneros breves necesitan más que otros la colaboración del lector. Un aforismo, por muy rotundo que quiera parecer, necesita ser completado. Y a veces no estamos de humor para entender su humor (es lo que nos ocurre con la mayoría de los de Javier Sánchez Martín: “El aforismo es el quinto ingrediente de la pizza de cuatro estaciones” o “Llega el cambio climático por culpa de los aforismos”).
            Más que una antología, Verdad y media es un cajón de sastre donde el lector puede encontrar de todo: pretenciosas vaguedades, afirmaciones rotundas que nos hacen sonreír, lecciones de vida, sorprendentes paradojas y un puñado de verdades en las que no habíamos caído y que nos acompañarán ya para siempre.        
           


sábado, 6 de mayo de 2017

Pablo del Águila, una vida breve


De soledad, amor, silencio y muerte.
Poesía reunida 1964-1968
Pablo del Águila
Edición y estudio de Jairo García Jaramillo
Bartleby Editores. Madrid, 2017.

El poeta granadino Pablo del Águila nació en 1946 y murió –parece que por propia voluntad– a finales de 1968. Había escrito mucho, dada su edad; no había publicado nada, aunque había llevado una activa vida literaria –recitales, tertulias– en Granada y Madrid. Los escritores más alerta y que conocían parte de su obra inédita –Félix Grande, Fernando Quiñones– no tenían duda de que estaba llamado a ser uno de los líderes de su generación, que poco después recibiría su nombre de una polémica antología, Nueve novísimos.
            En 1973 se publicó el libro en que Pablo del Águila estaba trabajando a su muerte, Desde estas altas rocas innombrables pudiera verse el mar, un libro culturalista y en versículos que enlazaba muy bien con lo que por aquellas mismas fechas estaban escribiendo los nombres más destacados de su generación, como Gimferrer o Guilermo Carnero.
            La devoción amical hizo que en 1989 se publicara su Poesía reunida, con prólogo de Justo Navarro. Jairo García Jaramillo ha preparado una nueva edición de esa poesía completa, precedida de un amplio estudio y con el añadido de algunos inéditos.
            Su trabajo tiene un carácter reivindicativo. A pesar de las anteriores ediciones, la obra de Pablo del Águila “sigue siendo una de las grandes desconocidas de su generación para la mayor parte de los lectores de poesía de nuestra lengua, así como para la crítica y los historiadores de la literatura hispánica contemporánea”. Tal hecho le sirve para constatar “la artificialidad de cualquier canon literario”.
            No es desdeñable la poesía de Pablo del Águila, ni mucho menos, pero vale más por lo que promete que por lo efectivamente realizado. Buena parte de los poemas incluidos en esta poesía completa son borradores, tanteos en busca del propio estilo, que el autor sin duda habría dejado fuera de su obra, como Carnero dejó los primeros cuadernillos publicados en los que seguía la estela de Gil de Biedma.
            Los poemas iniciales, escritos cuando el autor tenía dieciocho años, resultan conmovedores en su desnudez expresiva y en su carácter premonitorio: “Solamente la muerte / me parece segura / y me oprime la carne / con su verdad, / de tal manera pura / que no puedo entenderla…”
            Aparece luego la huella de los dos maestros de la época, Gabriel Celaya y Blas de Otero. De Celaya se toma el tono conversacional, las referencias cotidianas: “Me acuesto. Me levanto. / Bebo vino, café, fumo y regreso. / Estoy como un recuerdo marchitado, / como una vida que se va y no viene”. Otro ejemplo, un comienzo de poema: “Mi corbata, mis libros, mi cuaderno, / y a ver qué pasa hoy…”.
            De Otero, del primer Otero, toma cierto decir enfático, no su precisa técnica de orfebre: “Apasionadamente te persigo, / vida mía, alma mía, amor mío. / Rabiosamente quiero besar tus hombros, / hundir mis manos en tu cuerpo caliente, / esparcir en mi frente tus cabellos, / amarte, en fin, como nunca he amado. / … Apasionadamente te persigo. / Apasionadamente”.
            No falta el consabido homenaje a Vicente Aleixandre. El joven Pablo del Águila era un poeta muy de su tiempo, al que le faltó tiempo para romper con lo más consbido de ese tiempo. Félix Grande con Blanco spirituals le abrió nuevos caminos: le mostró cómo escribir una poesía que utilizara las innovaciones de la vanguardia sin renunciar por eso ni a la denuncia social ni al componente autobiográfico y existencialista.
            Cuando Pablo del Águila comenzó a escribir, su generación aún no había roto los lazos con la generación anterior –la de Ángel González o José Agustín Goytisolo–, se confundía con ella en el intento de darle un nuevo aire, más crítico, menos panfletario, a la poesía realista y social. El golpe de mano, el cambio de estética, tendría lugar en torno a 1970. Pablo del Águila no tuvo ocasión de verlo, pero comenzaba a anticiparlo en su obra.
            Una obra que pocas veces se sostiene en sí misma. La leemos al trasluz de la biografía de su autor, pensando melancólicamente en lo que pudo haber sido y no fue.
            Al contrario de lo que piensa el esforzado editor, difícilmente la mayor difusión de la poesía de Pablo del Águila hará cambiar el canon de la poesía sesentayochista. El canon –la serie de poetas de una época que quedan en la memoria de los lectores y pasan a la historia de la literatura– es “artificial”, ciertamente, como todas las construcciones culturales, pero no caprichoso: depende de un consenso tácito entre críticos, antólogos, editores, historiadores. Para cambiarlo hace falta algo más que buena voluntad.

viernes, 28 de abril de 2017

Francisco G. Orejas; humor y más


El calcetín de Hegel
Francisco G. Orejas
Trabe. Oviedo, 2017.

Dos son los protagonistas de El calcetín de Hegel: el humor inteligente y la caprichosa erudición. El lector resabiado puede pensar, al hojear el libro, que se encuentra ante una secuela de El hacedor borgiano o de La vuelta al día en ochenta mundos de Cortázar. Y ambos nombres mayores se mencionan y se homenajean explícitamente en alguna ocasión, pero la personalidad de Francisco G. Orejas se impone desde las primeras páginas: le gusta ahuecar la voz, ponerse pedante para reírse (o para hacernos reír) mejor.
            Hay ficción en El calcetín de Hegel, pero la minuciosa erudición de que hace gala su autor casi siempre es verdadera. “Rue Vaugirard” enumera los escritores que vivieron en esa calle de París junto al “verleniano Jardín de Luxemburgo” que aparece en poema de Miguel d’Ors; “Hotel Habana Riviera”, a quienes pasaron por ese hotel tan ligado a ilustres visitantes de la revolución cubana; “Maletas, mochilas, manuscritos” nos habla de originales perdidos; “Il est interdit d’interdire”, de las más pintorescas prohibiciones que en el mundo han sido.
            La enumeración (más enciclopédica que caótica) es un arte que domina Francisco G. Orejas. La acumulación de minucias eruditas va a menudo aliada a la parodia, como en “Dermatobia hominis”, enésima burla del disparatado conferenciante. “Onán el enano” le da todas las vueltas posibles a esas frases que se leen igual por el derecho que por el revés, los palíndromos, y que tanto han obsesionado a algunos.
            Las anécdotas autobiográficas también tienen su lugar en el libro. “En 1981, durante un par de meses, yo fui E. M. Cioran”, comienza “Metamorfosis”. Un error en la transcripción de un artículo de Cioran sobre María Zambrano en  Los Cuadernos del Norte le sirve para construir una curiosa historia sobre la doble identidad (y para homenajear a Juan Cueto, uno de sus maestros en el arte del jugueteo con la modernidad y la filosofía). Lo que hay de verdad en lo que nos cuenta “Metamorfosis” puede comprobarlo el lector hojeando los número 8 y 9 de la mítica revista asturiana.
            Dos o tres piezas de pura ficción (si es que tal cosa existe) se encuentran entre las mejores páginas del volumen. “Cada propina atrasa cinco minutos la revolución” podría formar parte de cualquier antología del relato humorístico. Otra forma de humor –de kafkiano humor negro– encontramos en “Itinerario urbano”.
            Y hay también capítulos que darían mucho juego en un taller de escritura. “Títulos equívocos”, enumeración de títulos (sin indicar autor) que sugieren un tipo de obra muy distinto de aquel al que se refieren; “Lectura comentada”, que hace intervenir en la trama las figuras del lector, el autor y el narrador; “El libro caníbal”, que entremezcla párrafos de obras bien conocidas (Don Quijote, La Regenta, Cien años de soledad).
            Los libros misceláneos tienen siempre algo de cajón de sastre y no suelen gozar de excesivo aprecio. Pero el concepto de unidad, a menudo sobrevalorado, no siempre ha sido bien entendido. La unidad de un volumen la da personalidad del autor, no el contar una única historia ni el centrarse en un único tema. La unidad la da el estilo, y el de Francisco G. Orejas resulta inconfundible, lo mismo cuando se aproxima al grado cero de la escritura que es la nota a pie de página que cuando eleva el tono para burlarse un poco de su propia pedantería.
            Tras su deslumbrante iniciación literaria con El asesinato de Clarín y otras ficciones (1981), Francisco G. Orejas pareció perderse en el mundo del guión televisivo y de los despachos periodísticos. El calcetín de Hegel –ese calcetín al que Marx decía haberle dado la vuelta para crear su filosofía materialista– demuestra que el escritor seguía vivo y que no es necesario publicar ni muchos ni gruesos libros para hacerse un lugar, si no en la historia de la literatura (que esas son palabras mayores que tardan en pronunciarse) sí en la memoria agradecida de los lectores. 

viernes, 21 de abril de 2017

Guillermo Carnero: elegía, sabiduría y desdén


Regiones devastadas
Guillermo Carnero
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2017.

Ahora que la poesía parece que se ha puesto de moda, que inunda las redes sociales y llena teatros y locales nocturnos; ahora que hay poetas –Marwan, Elvira Sastre, Ajo, Karmelo C. Iribarren– que venden miles y miles de ejemplares, resulta especialmente ilustrativo leer un libro como Regiones devastadas.
            Guillermo Carnero, desde sus inicios a finales de los sesenta, buscó deliberadamente darle la espalda al gran público, que en aquel tiempo era seguidor de los poetas sociales, de Celaya y de Otero y de quienes querían derribar la dictadura a golpe de endecasílabo y sobreentendidos. Quiso hacer de la cultura una máscara con la que encubrirse para descubrirse mejor; una máscara y una muralla que lo separara del vulgo “municipal y espeso”, de la multitud de los iletrados.
            Tras Dibujo de la muerte –que ya forma parte de la historia de la literatura–, el culturalismo, el hermetismo y la reflexión sobre los límites del lenguaje se acentuó en los libros de los setenta: El sueño de Escipión, Variaciones y figuras sobre un tema de La Bruyère y El azar objetivo. Luego vinieron largos años de silencio en los que el poeta “novísimo” parecía haber sido sustituido por el estudioso universitario al que debemos estudios fundamentales sobre la literatura de los siglos XVIII y XIX, sobre el barroco y sobre las vanguardias. Eran los años de la llamada poesía de la experiencia, de “la musa con vaqueros”, de una poesía confesional y comunicativa sobre la que Guillermo Carnero mostró siempre abierto desdén.
            En 1999 volvió a la poesía con el que quizá sea su mejor libro, Verano inglés, más directamente comunicativo y emotivo que ningún otro de los suyos, aunque sin renunciar a los referentes culturales que son parte de su vida tanto o más que las concretas anécdotas biográficas. A continuación, y como si se arrepintiera de lo mucho que de su intimidad había dejado traslucir en ese libro (una reescritura, en cierto modo, de La voz a ti debida, de Pedro Salinas), publicó tres largos poemas reflexivos sobre la inutilidad de la vida y la finalmente frustrada consolación del arte: Espejo de gran niebla, Fuente de Médicis y Cuatro noches romanas.
            Regiones devastadas reúne los poemas breves que fue escribiendo durante casi dos décadas a la par que esos textos más ambiciosos. Pero no es una obra menor, ni mucho menos. El poeta se siente un superviviente, los bárbaros del poema de Cavafis ya han entrado en Roma y convertido en caballerizas (o en plató para sus reality show) los museos y bibliotecas.
            La lección del poeta de Alejandría está muy presente en este libro, también la del Cernuda que supo adaptar el monólogo dramático de la poesía inglesa, no para llenar su poesía de personajes diversos, como Browning, sino para decirse mejor. El poema “Lección magistral de Himerio, maestro en Atenas (368 A. D.)” podía ir al frente del libro y expresa la antipoética del mismo, cómo debe escribir quien quiera llegar a los iletrados lectores de hoy: “Mencionad solo aquello que conocen, / con estilo patético y humilde: / anécdotas comunes del mercado. / la cocina, el corral o el dormitorio. / Los ignorantes toman por verdad / el grado más pueril de la retórica”.
            La verdad que busca Guillermo Carnero nada tiene que ver con el sentimentalismo directo ni con el infantilismo expresivo; tampoco con la sabiduría banal de los libros de autoayuda. Pero nos encontramos lejos del rebuscamiento conceptual y de la oscuridad deliberada de los primeros libros. La máscara que le proporciona el monólogo dramático le permite aproximarse a la lengua hablada y usar una primera persona que no es la suya y sí lo es. Ningún ejemplo mejor de ello que el poema “Última oración de Severino Boecio (Pavía, 524 A. D.)”, sátira y autorretrato indirecto, uno de los grandes poemas del autor, aunque él quizá lo considere una de sus “obrecillas menores”, uno de los textos que “se le cayeron de las manos” mientras estaba en labores de mayor empeño: “No me diste paciencia ni humildad; / tampoco astucia para parecer / plácido y obediente en un rincón, / feliz en la renuncia y el servicio”.
            Abundan también en el libro los poemas que describen obras de arte (“el arte es una forma superior de pensamiento” ha declarado), un poco a la manera del Manuel Machado de Museo, pero son también una forma de reflexión sobre el mundo, nunca mero decorativismo. “Estancia de Heliodoro”, uno de los poemas más elusivos del libro, lleva el subtítulo de “Sobibor”. El título se refiere a uno de los frescos pintados por Rafael en el Vaticano; el subtítulo, a un campo de concentración. Pocas veces el Holocausto ha sido referido de tan elusiva manera (“Más tarde llegarán, enfundados en negro / y bordados en plata, los pomposos verdugos”) como en esta denuncia sobre lo lejos que está de la realidad cualquier utopía basada en la bondad y en la justicia. El arte como encubrimiento de las mezquindades de la vida y de la falacia de los ideales políticos también lo encontramos en “Vejez de Juan Bautista Tiépolo”.
            No es un libro monocorde Regiones devastadas. El sobrio tono epigramático del primer poema, “Yacimiento”, contrasta con la ironía de “Remedia amoris”  (recuerda las “Composiciones de lugar” que Francisco Brines incluye en Aún no); los poemas que nos hablan de la intrahistoria del imperio romano a partir de restos arqueológicos con el jugueteo rococó de “En Viena, ante una tarta (Café de la Ópera)”.
            Un libro lleno de vida inteligente y de cultura al servicio de la vida Regiones devastadas, un libro quizá no para todos los lectores (desde luego no para el lector acostumbrado a la lectura apresurada en la pequeña pantalla del móvil), un libro solo para aquellos que estén dispuestos a dedicarle algo de lo mejor de su tiempo y su atención. Vale la pena: saldrán de sus páginas más lúcidos y con esa extraña forma de felicidad que dan los enigmas y las desdichas del mundo transformados en arte.

viernes, 14 de abril de 2017

Miguel d'Ors, memoria y misterio


Manzanas robadas
Miguel d’Ors
Renacimiento, Sevilla, 2017.

A Miguel d’Ors, como a todo verdadero poeta, no le importa repetirse en lo fundamental, sabe que esa es la más exacta manera de ser fiel a sí mismo. Pero cuando Miguel d’Ors dice lo que ya se ha dicho antes –por él mismo o por otros– procura decirlo de una manera mejor o con un matiz inédito. No hay por eso en Manzanas robadas –publicado casi medio siglo después de su primer libro– nada de epilogal ni de redundante: la tensión expresiva sigue siendo la misma que en sus obras mayores, idéntica la mezcla de cotidianidad y misterio.
            La poesía de Miguel d’Ors, de tan contagiosa emotividad y tan manifiestamente ideológica en ocasiones, engaña al lector apresurado. Está escrita siempre con la cabeza fría, tiene mucho de deliberado ejercicio de taller. Miguel d’Ors juega con el lenguaje y la estructura del poema tanto como el más audaz poeta vanguardista, pero no hace alarde de ello. Sabe que la emoción poética no se consigue con el desahogo sentimental, dejando simplemente expresarse al corazón –el corazón no versifica–, sino con muy precisa artesanía.
            Manzanas robadas nos habla de una infancia gallega, de la emoción del paisaje, del paso de las estaciones. Y lo hace con un lenguaje aparentemente directo, que no elude el localismo ni el coloquialismo: las flores amarillas de las “sextas”, de la retama, aparecen en más de un poema y a la “villavesa” (que es como llaman en Pamplona a los autobuses) se refiere en otro .
            Pero en seguida nos sorprenden los desplazamientos calificativos, las transgresiones gramaticales: ese “tractor adormilado”, esa “dulzura verdidorada” de las ciruelas, esas mañanas “tan ásperas, tan negras, tan pamplona” o el “azul frayangélico” de otra mañana; esos gallos que son “muecines de la luz resucitada”. Una constante creatividad, un ir de sorpresa en sorpresa, que nunca añade oscuridad al poema, que no condesciende con el sinsentido.
            Los poemas de Miguel d’Ors nos emocionan o nos hacen sonreír (pocos poetas con tanto y tan personal sentido del humor) en una primera lectura y nos admiran cada vez más en las sucesivas relecturas, cuando nos fijamos en los pequeños detalles y vamos poco a poco descubriendo su precisa estructura, los secretos de taller.
            Miguel d’Ors es un poeta no solo religioso, sino directamente confesional, y eso, que le ha deparado tantos lectores fieles, le ha alejado de otros. Pero el Miguel d’Ors de Manzanas robadas acierta a prescindir del doctrinarismo ideológico que lastraba otros textos suyos (el poema “Lecciones de Historia”, de Es cielo y es azul, tantas páginas de Virutas de taller) y nos habla del misterio, de la realidad que se esconde tras la realidad, de lo que no tiene nombre y algunos llaman Dios. No oculta sus creencias, pero no las exhibe tan agresivamente como en otras ocasiones. Con el poema “La misma partitura”, que habla de una misa en una capilla aldeana,  consigue un poema que no habría desdeñado firmar Francis Jammes (o, mejor quizá, Thomas Hardy), que tiene el encanto de las viejas estampas y la precisión verbal marca de la casa.
            No rehúye Miguel d’Ors el tópico, gusta de enfrentarse a él, ofrecernos nuevas variaciones: “Nocturno de la Caeira” y “Crepúsculo de otoño en Linza” vuelven al tema de microcosmos y el macrocosmos, al pequeño mundo del hombre que encierra no menos abismos que el espacio sideral; “Pájaros de antaño” recrea a Félix Grande (“Donde fuiste feliz alguna vez / no debieras volver”) y a Joaquín Sabina (“Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”); “Materiales de construcción” recrea de manera humorística un poema de Porfirio Barba Jacob, a su vez continuado por Cernuda y Brines; “Literatura fantástica” se aproxima al mundo de Luis Alberto de Cuenca; la idea que está detrás de “Ory” (imprescindible en cualquier antología dedicada al perro) ya la desarrolló Julio Camba en un artículo.
            Y no rehúye Miguel d’Ors acercarse a temas muy trillados porque sabe que todos los grandes temas lo son y porque esa es la manera de que destaque su originalidad (es fácil ser original tratando un asunto trivial del que nadie se ha ocupado antes, quizá porque no interesa a nadie). Gusta también de entreverar versos ajenos con los suyos propios, versos por lo general muy reconocibles, como el manriqueño “que es el morir” o “huyendo el mundanal ruido”, de Fray Luis (algo de “menosprecio de corte y alabanza de aldea” hay en este libro de d’Ors, según expresa la cita inicial de Ronsard).
            El mundo rural gallego, el de su infancia, está muy presente en este libro, que contiene un puñado de poemas que forman parte (como tantos otros suyos) de lo mejor de la literatura gallega, aunque estén escritos en un castellano entreverado del idioma de Rosalía: “Los aperos”, “La feria de Cuspedriños”, “Pero algo hay”.
            También el montañismo, como no extrañarán los fieles lectores (una inmensa minoría) de Miguel d’Ors. Al comienzo del libro coloca una cita de San Juan (“Mi Amado: las montañas, / los valles solitarios nemorosos…”), que ha utilizado más de una vez) y que se corresponde bien con poemas como “El reino”, tan lleno de pequeños detalles exactos como todos los suyos, que nos habla de una ascensión a la vez real y mística.
            ¿Algún reparo a este libro admirable, que puede ser gustado a la vez por el lector común, que no sabe de hipálages ni de intertextualidades, y por el especialista que se las sabe todas? Dos, quizás. Miguel d’Ors es un poeta tan cordial como conceptual. Sus poemas, muy a menudo, a la vez que expresan un sentimiento desarrollan una idea. Y esa idea es falsa –o eso me parece a mí– en “Primavera en el monte da Tomba” y en “Ser o no ser”. En el primero, el poeta se lamenta de haber sido infiel a su destino por no haber escrito un solo verso en dos semanas, por haber perdido el tiempo con actividades cotidianas (lavar y tender la ropa, escribir cartas). Pero de su propia poética (léase “La feria de Cuspedriños” o “Las ranas de Ciudad Rodrigo”)) se deduce que el poema no comienza a escribir cuando se escriben sus versos, sino mucho antes.
            “Ser o no ser” contrapone su “biografía como de triángulo escaleno” a la de la gente común que se apellida Fernández y son “farmacéuticos o fiscales” y se casan con la “correspondiente gordita” y tienen hijos, etc. Pero también los fiscales y los farmacéuticos y quienes se apellidan Fernández y se casan con “gorditas” puedes pasarse la vida “maquinando versos”, exactamente igual que los profesores por oposición que igualmente se casan y tienen hijos “que ya se sabe la juventud de hoy”.
            Pero son más los poemas en que razón y corazón, artificio y verdad, se aúnan inextricablemente para dar lugar a poemas tan minuciosamente memorables como “Aguas estancadas”, “Sabiduría del ciruelo” o el ya citado “Las ranas de Ciudad Rodrigo”, que tan bien ejemplifica la manera que d’Ors tiene de convertir una anécdota banal en poesía y metapoesía.
            Manzanas robadas se sitúa así entre las obras mayores de un clásico contemporáneo, de un poeta intemporal y de ahora mismo.

            

sábado, 8 de abril de 2017

Trieste y una sombra


La antivida de Italo Svevo
Maurizio Serra
Fórcola. Madrid, 2017.

“Vidas y leyendas” era el subtítulo de la espléndida biografía que Maurizio Serra dedicó a Curzio Malaparte; ahora, en el título de la dedicada a Italo Svevo aparece muy sorprendente y significativamente la palabra “antivida”. No hay dos escritores más opuestos: brillante, contradictorio, aventurero el uno; un buen burgués, un escritor secreto, o ni siquiera un escritor durante la mayor parte de su vida, el otro.
            Opuesta la trayectoria vital, opuesta también la obra: al lirismo efectista de Malaparte, a su literatura profusa e inagotable, se contrapone la escritura seca, y en la que no escasean solecismos y dialectalismos, de Svevo (hubo incluso quien dijo de él, como se repitió a menudo de Baroja, que escribía mal).
            Pero todo lo que le falta a Ettore Schmitz –ese era el nombre civil del escritor– de novelesco le sobra a su ciudad, Trieste, un enclave italiano (y eslavo) en el imperio austrohúngaro.
            La ciudad de Trieste, a la vez cosmopolita y provinciana, es casi por sí misma un género literario. En el epílogo a su biografía incluye Serra una entrevista con Claudio Magris, el autor de Danubio, quizá el mejor conocedor, y uno de sus mayores representantes, de esa literatura triestina.
            Tanto como Ettore Schmitz –empleado bancario, comerciante, próspero empresario–, o quizá más, nos interesan las figuras que le rodean: el poeta Umberto Saba, que nunca le quiso demasiado, y al que visitaba casi cada tarde en su librería (cuentan que fue el único cliente habitual a que jamás hizo descuento); el novelista James Joyce, por entonces un joven profesor de inglés que llevaba una vida bohemia que a Ettore –que fue su alumno– le repelía y le fascinaba al mismo tiempo.
            Pero poco a poco el arte de Maurizio Serra  –escritor italiano, nacido en Londres y que ha escrito algunos de sus libros directamente en francés– va haciendo que nos interesemos por el gris personaje que publica en la juventud dos novelas a su costa que no despiertan ningún éxito y que durante la mayor parte de su vida adulta parece solo dedicado al negocio familiar. En realidad, se trataba del negocio de la familia de su mujer, los Veneziani, que se dedicaban a la fabricación de pintura para cascos de barco y que debían su prosperidad al descubrimiento de una pintura que resistía la acción del agua del mar mejor que ningún otra (la fórmula se mantenía secreta). Los Venezini eran judíos conversos al catolicismo; Ettore Schmitz, judío no practicante, tuvo que convertirse para casarse con su mujer y entrar en el negocio. Nunca en su obra aludió a su judaísmo y esa es quizá una de las razones de la antipatía que por él sentía Saba.
            Ettore Schmitz, el próspero empresario, ni siquiera llegó a tener casa propia: vivió con su mujer, Livia, en el caserón de los Veneziani, frente a la fábrica, en una especie de comuna familiar presidida por su suegra Olga, una matriarca que siempre gustó de llevar las riendas (custodiaba la fórmula secreta de la pintura que había traído la prosperidad a la familia escondida en un colgante que llevaba al cuello y del que jamás se desprendía).
            Solo a partir de 1923, tras la publicación de La conciencia de Zeno, Ettore Schmitz se convertiría definitivamente en Italo Svevo. Al principio parecía que ese libro iba a tener tan poco éxito como sus dos novelas anteriores, pero el apoyo de James Joyce, ya convertido en escritor famoso tras el escándalo del Ulises, resultaría decisivo. El éxito de Svevo comenzó en Francia y pronto sería europeo.
            No tuvo mucho tiempo el escritor para disfrutar de su nombradía. Moriría en 1928, a los sesenta y siete años, mientras preparaba una nueva obra, la incompleta Confesiones de un anciano.
            La conciencia de Zeno es la primera novela psicoanalítica y eso no resulta casual: tras la Viena de Freud, fue Trieste –con sus varias almas nunca bien avenidas– la ciudad en la que el psicoanálisis se desarrolló más tempranamente.
            Italo Svevo murió en 1928, pero la historia que Maurizio Serra nos cuenta llega más allá, hasta la proclamación de las leyes raciales, la segunda guerra mundial y las peripecias de la posguerra en la atormentada Trieste. Porque La antivida de Italo Svevo es algo más que la vida de un hombre que nunca quiso enfrentarse a su destino y que el minucioso análisis de su obra (Maurizio Serra se acredita como uno de los mejores conocedores de la literatura europea de entreguerras), es la historia de una ciudad única que cambió varias veces de manos y a la que en más de una ocasión se trató de aplicar la limpieza étnica, el genocidio cultural.
            Un libro para leer sin prisa, que interesa no solo, ni fundamentalmente, a los lectores de Svevo, sino a todos los que se preocupan por el destino de un continente menos geográfico que cultural, la cuestionada Europa, del que Trieste es cifra y símbolo.   

sábado, 1 de abril de 2017

Eduardo García y su realismo visionario


La lluvia en el desierto
(Poesía completa 1995-2016)
Eduardo García
Prólogo de Andrés Neuman
Epílogo de Vicente Luis Mora

Eduardo García (1965-2016) se inició en la poesía en una línea deudora del Luis Alberto de Cuenca que aunaba rigor formal con frivolidad y del Luis García Mantero que había bajado la poesía a la calle para cantar a la musa con vaqueros. “Musa de a pie” titulaba precisamente uno de sus sonetos: “Despeinada me gustas, ojerosa, / con el rimmel corrido y con desgana / asomada al pavor de la semana / y no como en el búcaro la rosa”.
            El título de su segundo libro, No se trata de un juego, parece una declaración de intenciones. No abandona Eduardo García su componente realista ni su dicción coloquial (siempre ha sido un poeta más de “lo que pasa en la calle” que de “los eventos consuetudinarios que aconteces en la rúa), pero ahora su poesía –como su visión de la realidad– se va volviendo más compleja. El poema se aproxima al relato fantástico para adentrarse en el mundo de los sueños y del subconsciente. También la metapoesía hace acto de presencia, pero sin el componente teórico y pedante que tenía en la generación anterior, la de Guillermo Carnero y Jenaro Talens.
            La cita de Yeats que aparece al frente de Horizonte o frontera, su siguiente libro, resulta muy significativa del ensanchamiento del realismo que busca Eduardo García: “He sido llevado, en momentos de la más honda introspección, hasta aquellas cosas que están más acá y más allá de la vida despierta”.
            El abandono del realismo más convencional trae consigo, como no podía ser de otra manera, un cambio estilístico. Los correctos endecasílabos, el ritmo consabido, la frase corta y precisa, se abandona por un versolibrismo que gusta de la enumeración caótica y de la compleja subordinación, que parece avanzar a tientas en una única frase que se ramifica y se extiende a tientas por un territorio desconocido.
            Eduardo García se aprovecha de los logros del surrealismo, pero no es un poeta surrealista. Él mismo –autor de dos excelentes libros sobre poesía– lo ha expresado lúcidamente: “Busco más allá de la apariencia de las cosas, más siempre para generar sentido, excavar más allá de la corteza lo que se oculta al otro lado. Aquello que se abre paso en las palabras deviene al fin un mensaje en la botella del poema, navegando hacia el lector. Un acto de conocimiento, sí, pero también de comunicación”.
            En sus primeros y en sus últimos poemas gusta Eduardo García de partir de una situación cotidiana. “Sentado en un café miro la calle”, comienza uno de los poemas de No se trata de un juego; “Miré por la ventana: diluviaba”, otro de La vida nueva, su penúltimo libro. Esa es quizá su lección mejor: que el poema, para buscar trascendencia, no necesita abandonar lo concreto, que hay suficiente enigma en el vivir de todos los días.
            Pero no todo, ni mucho menos, es bucear en la sombra e indagación metafísica en la obra de Eduardo García. También puede considerársele un poeta del amor y de la alegría de vivir que en ocasiones, en raras ocasiones, se aproxima peligrosamente al manual de autoayuda. Difícil, sin embargo, resulta resistirse al encanto de alguno de esos poemas llenos de buenos sentimientos. Uno de mis preferidos es el borgiano “Aniversario”, con su técnica enumerativa y anafórica (“te regalo la música”, “te regalo mi llanto y mi torpeza”, “te regalo mi asombro”), un poema de amor a la vez novedoso e inevitablemente tópico.
            Duermevela, el último libro que publicó Eduardo García, termina con un poema titulado “Rescatar la alegría”. El poeta ha conocido los sótanos de la realidad, se ha perdido en sus extrarradios, se ha hundido en las arenas movedizas del insomnio y del absurdo de vivir, pero su lección final es que hay que “rescatar la alegría, / desarraigar del corazón la ceguera del ojo de la aguja, el injerto del lodo, las turbias excrecencias, / bajo el tumulto del agua desbocada lavar el cuenco roto, coserle los pedazos, dejarlo reposar, / agradecer cada sonrisa que nos tiende al azar un día cualquiera”.
            No sabía entonces que lo peor estaba por llegar: el mazazo de un diagnóstico sin apelación, los días de hospital, la desesperación y la aceptación (algo de esto cuenta el prólogo de Andrés Neuman). En esos pocos meses escribió dos series de poemas --“La hora de la ira” y “Bailando con la muerte”-- que es difícil leer con la objetividad necesaria, aunque nos atrevemos a afirmar que en la segunda de ellas se encuentran quizá algunos de sus más escuetos e impactantes poemas. Especialmente memorable resulta el dístico con que concluye el poema final, la personal versión del “carpe diem” con que termina su obra: “Si todo ha de acabar, muerde muy fuerte / cada hora que le robas a la muerte”.

sábado, 25 de marzo de 2017

La luz con el tiempo dentro: Martín López-Vega y la elegía posmoderna


Obreros de la luz
Los poetas de la duración y la elegía posmoderna
Saltadera. Oviedo, 2017.

¿Es posible analizar académicamente, profesoralmente, a la poesía, o a la literatura en general, sin que pierda su capacidad de seducción y acabe convirtiéndose en un conjunto de palabras sin vida? ¿Es posible un libro sobre poesía que interese sobre todo a los lectores de poesía? En Obreros de la luz, Martín López-Vega dice pretender lo segundo, pero a menudo se siente tentado por lo primero. El resultado no puede ser más desigual en ambos casos.
            “A los libros de ensayos literarios que intentan resumir la poesía en definiciones y fríos análisis –afirma en el prólogo–, siempre he preferido aquellos en los que el autor se dejaba llevar por la intuición. La forma que uno tiene de leer poesía es muy parecida, casi siempre, a la forma de vivir la vida, y nadie quiere vivir la suya en una sala de autopsias”.
            No escasean por eso las referencias autobiográficas en el volumen. El capítulo “De la luz en la poesía” comienza refiriéndose a la “feliz rutina” en que se han convertido para él las visitas al Museo del Prado; el dedicado a Eugénio de Andrade, uno de los mejores del libro, evoca la visita al poeta y concluye citando la última carta que le escribió. Se alude también al encuentro con Seamus Heaney en Oviedo y al bar de Roma y que el autor frecuentaba durante su estancia en la Academia de España y al que Josph Brodsky dedicó un poema.
            Lo mejor de Obreros de la luz es lo que tiene de conversación con un excelente lector de poesía y de muestra antológica de la mejor poesía del siglo XX. Martín López-Vega nos ofrece, en traducción propia, poemas de autores bien conocidos, como los ya citados Andrade, Heaney y Brodsky, junto a otros nombres que suenan menos para el lector español, como la poeta sudafricana Gabebe Baderoon o el danés Henrik Nordbrandt. Desde este punto de vista, Obreros de la luz viene a ser como una versión abreviaba y comentada de sus antologías de poesía universal Equipaje de mano y Mapamundi. Como el poeta portugués Jorge de Sena, López-Vega parece haberlo leído todo, interesarse por todo, conocer todas las lenguas. No es así, evidentemente (las traducciones de  varias lenguas minoritarias tienen como intermedio el inglés), pero no hay duda de que Martín López-Vega es el poeta y el crítico menos localista, más atento a la poesía del mundo.
            Algo rechina, sin embargo, en Obreros de la luz. Al autor no le basta con el ensayismo de raíz autobiográfica y lleno de intuiciones felices. Parece incapaz de resistirse al demonio de la teoría, como si tratara de competir –aunque con mejor prosa– con las imprecisas generalizaciones de Vicente Luis Mora y otros afamados críticos de su generación.
            El subtítulo ya nos pone sobreaviso: “Los poetas de la duración y la elegía posmoderna”.
            El concepto de duración, nunca bien explicado, recorre el libro. Martín López-Vega lo toma de Bergson, quien lo popularizó en las primeras décadas del siglo XX. Pero del filósofo francés, en el texto y en la bibliografía, solo se cita un libro, Durée et simultanéité, que fue la polémica respuesta que dio a Einstein y a su teoría de la relatividad. La “duración” es el nombre que Bergson da al tiempo, un concepto para él mal entendido por la filosofía (rebate a todos los filósofos anteriores, especialmente a Kant) y por la ciencia (tanto por la ciencia tradicional como por las nuevas teorías de Einstein).
            La intuición filosófica de Bergson coincide con la de buena parte de los escritores del siglo XX. El mejor ejemplo lo constituye Marcel Proust y su En busca del tiempo perdido.
Martín López-Vega identifica “duración” con “intensidad”, con “plenitud” y con otras varias y confusas cosas. Los poetas de la duración serían así todos y no sería ninguno. Los ejemplos parecen caprichosos, el término más que un concepto riguroso resulta ser un vago pretexto para dar unidad a lo que no es más que sugerente divagación, como si eso fuera poco.
            Cuando el autor se pone estupendo y abandona su papel de buen lector y excelente divulgador para hacer afirmaciones generales, casi siempre patina: la poesía del siglo XX sería más fácil de traducir que la de siglos anteriores porque abandona la rima y la onomatopeya; la elegía clásica buscaba “consuelo a la muerte”, mientras que la elegía posmoderna “busca consuelo a muertes más pequeñas y cotidianas, a lugares abandonados, a personas que desaparecieron en algún recodo del camino, sin morir, pero que se han perdido al cabo como si lo hubieran hecho”; en el siglo XX, “el arte tuvo que mirar hacia fuera: la historia parecía hacerse sola”, mientras que “el siglo XXI, la historia está dentro, la cámara se gira para fijarse en nuestro ombligo: el artista como objeto y testigo al mismo tiempo” (¿la historia se hacía sola en el siglo XX, la guerra de Siria está dentro mientras que la de los Balcanes estaba fuera?).
            Acostumbrados al uso y abuso del término “posmoderno” (que nunca se defina con claridad y del que al parecer se puede afirmar cualquier cosa y la contraria), nos ponemos en guardia al verlo en el título, pero luego el libro nos ofrece algo más, bastante más, que vaguedades teóricas: un puñado de excelentes poemas comentados por uno de los mejores conocedores de la plural y plurilingüe poesía contemporánea.