sábado, 19 de agosto de 2017

Vidas de hotel


Vidas de hotel
Selección, prólogo y notas de Eduardo Berti
Adriana Hidalgo. Madrid, 2017.

Los hoteles, como el tren, pueden considerarse en sí mismos un género literario. Los grandes hoteles, los hoteles de lujo, constituyen el escenario preferido de la literatura más cosmopolita, de la que hace soñar al lector común con una vida fuera de su alcance; la literatura costumbrista del siglo diecinueve y principios del XX, prefería las pequeñas pensiones galdosianas (el adjetivo lo dice todo), donde se alojaban los jóvenes ambiciosos que iban a la conquista de la capital.
            La antología que ha reunido Eduardo Bertí es, como la mayor parte de las antologías, un tanto caprichosa. Hay obras maestras del relato e insignificantes naderías, aunque una de ellas, venga firmada nada menos que por Chéjov (su relato humorístico, de caducada comicidad, “Los extraviados”, ni siquiera transcurre en un hotel), y otras, “Cuentos de la habitación 211”, por destacados representantes del microrrelato, ese subgénero tan propicio a simple juego de ingenio y a los ejercicios de taller.
            De la literatura española, tan pródiga en ellos como cualquier otra, solo se selecciona un cuento, si bien espléndido: esa historia de amor imposible, apenas entresoñado, que es “El dúo de la tos”, de Clarín.
            Si yo tuviera que hacer una selección de esta selección, comenzaría por William Trevor y su “Hotel de la Luna Holgazana”, un relato policíaco –sin policías– que es también una alegoría de la vejez; seguiría con Roald Dalh, que sabe crear misterio y tensión a través de los hechos más cotidianos.
            El tiempo resulta inmisericorde con algunos de estos cuentos: al arrugarse nos dejan ver sus trucos y costuras. Julio Cortázar, en “La puerta condenada”, reescribe un relato de medio siglo antes que encontramos unas páginas más allá, “El número 13”, de M. R. James: en los dos hay una puerta que da a una habitación que no existe, pero en la que se escuchan ruidos y gemidos.
            Hay relatos de una página, apenas una ocurrencia o un apunte en el cuaderno de un escritor, como el de Somerset Maugham, y otros que se desarrollan morosamente y requieren del lector un ejercicio de paciencia. Es el caso de “En Isella”, de Henry James, primero solo la crónica de un viaje a pie entre Suiza e Italia y luego el retrato de una mujer apasionada, como las que aparecen en las Crónicas italianas de Stendhal y en el imaginario de los viajeros del grand tour.
            O. Henry sigue conservando su encanto, el de la Nueva York de otro tiempo y la sorpresa final. Nos defrauda Dino Buzzati, con su banal costumbrismo kafkiano; también Katherine Mansfield y esa historia de quienes creen adular a la hermana de una baronesa cuando se trata de la hija de una costurera. Un cuento se la juega en el final. Con un poco de habilidad, es fácil captar la atención del lector, como la de un niño, pero luego hay que saber mantenerla y no terminar de cualquier manera, con un chiste sin gracia, dejándole la sensación de que ha perdido el tiempo.
            Ocurre ello, con más frecuencia de la necesaria, en estos relatos unidos por el escenario y la casualidad. El prólogo y el epílogo del compilador se encuentran así entre lo más interesante del volumen, con su recuento erudito y su compendio de anécdotas sobre algunos hoteles famosos (aunque sitúa en el Ritz de Nueva York (hay dos Ritz-Carlton en Nueva York: uno reciente en Central Park y otro en Battery Park) una anécdota que se suele contar referida al Waldorf Astoria.
            Hoteles literarios se titula un libro de Nathalie de Saint Phalle que Eduardo Bertí cita en algún momento. Menos que las historias anodinas que un escritor de hace un siglo, famoso o no, ha situado en un hotel nos seducen las historias de gente famosa que se ha alojado en ellos: Nabokov en el Palace Hotel de Montreux, junto al lago Leman, Agatha Christie en el Pera Palas de Estambul; Marina Tvietaieva preparando las maletas en el Hotel Innova de París, donde ha vivido los dos últimos años, para regresar a la URSS y enfrentarse con su destino; Julio Camba en el Hotel Pensilvania, una ciudad dentro de la ciudad; Hemingway redactando Por quien doblan las campanas en el hotel Ambos Mundos, entre las calles Obispo y Mercader de La Habana; Pedro Salinas encontrándose con su amante, Katherine Whitmore en la cafetería del St. Moritz frente al Central Park (hoy Ritz-Carlton); Rainer María Rilke escribiendo desde al Hotel des Bergues, en Ginebra, a la princesa Marie von Thurn und Taxis; Gustav von Aschenbach en el Hotel des Bains, en el Lido veneciano.
            ¿Por qué los libros de cuentos se venden menos que las novelas? Una novela tiene un principio y un final, un libro de cuentos docenas de principios y finales, cada pocas páginas debe volver a conquistar nuestra atención. Y sin son cuentos de varios autores, las distintas calidades y texturas provocan a menudo el rechazo del lector.
            Las referencias, centrales o muy secundarias, a esos lugares de paso que son los hoteles no bastan para unificar los capítulos de Vidas de hotel. El resultado no es sino una heterogénea, caprichosa colectánea, con alguna pieza excepcional y bastantes prescindibles o intercambiables.

sábado, 12 de agosto de 2017

Denise Levertov, poesía y pensamiento


Pausa versal (Ensayos escogidos)
Denise Levertov
Traducción de José Luis Piquero
Vaso Roto. Madrid, 2017.

Como “testimonios de vida vivida” define Denise Lavertov a los poemas. Por eso Pausa versal, sus ensayos escogidos, es un libro de crítica lleno de referencias autobiográficas. Uno de sus capítulos, sin embargo, nos previene contra los excesos del autobiografismo en literatura.
            Denise Levertov (1923-1997) nació en Gran Bretaña, pero lo mayor parte de su obra la desarrolló en Estados Unidos, siguiendo un camino contrario al de Eliot y similar al de Auden.
            En el “Esbozo autobiográfico” que cierra el volumen nos informa que su padre fue un judío converso ruso, primero profesor en la Universidad de Leipzig y luego, tras establecerse en Inglaterra, sacerdote de la iglesia anglicana; su madre era galesa, miembro de la Iglesia de Escocia. Apenas recibió una educación formal; se educó en casa, sin el sentimiento de pertenecer a una comunidad: “Para los judíos, gentil; para los gentiles (laicos o cristianos), judía, o al menos medio judía (lo que era bueno o mano según su grado de antisemitismo); para los anglosajones, celta; en Gales, una londinense que no solo no hablaba galés, sino que no estaba imbuida de las costumbres galesas”.
            Sus notas autobiográficas se limitan a la infancia. “Todo lo que ha sucedido en mi vida desde entonces –quiere decirse, todo lo que tiene alguna relación con mi vida como poeta– estaba de algún modo prefigurado en esa época”.
            La exhibición pública de la intimidad le parece deplorable. En el capítulo “La biografía y el poeta” glosa algunos poemas de Sharon Olds (sin citar su nombre) muy significativos al respecto. Para ella, el desahogo, el vómito confesional, el confundir al lector con el psiquiatra es lo contrario de la literatura. Lo mismo ocurriría con los poemas de amor: “una sensualidad evocada de un modo restringidamente anecdótico es menos erótica que aquella menos explícita, más estilizada, más misteriosa”.
            El capitulo dedicado a Anne Sexton nos advierte contra la tendencia (cada día más frecuente) de considerar los problemas mentales de un autor (y en el caso de Sexton, el suicidio final) como condición de su arte: “Reconocer que, durante unos pocos años de su vida, Anne Sexton fue una artista a pesar de su dura lucha contra su deseo de muerte es honrar como es debido su memoria. Identificar su amor por la muerte con su amor por la poesía es insultar a esa lucha”.
            Buena parte de estos ensayos se dedican a defender la poesía política (Levertov estuvo muy ligada a los movimientos contra la guerra del Vietnam) o la poesía religiosa. Sus argumentos, en el primero de esos casos, nos recuerdan las polémicas que tuvieron lugar en España durante los años cincuenta y sesenta en torno a la poesía social.
            Mayor interés presentan sus reflexiones sobre fe y poesía, entreveradas de elementos autobiográficos (como lo mejor de este libro). De un inicial escepticismo (a pesar del ambiente familiar: su padre fue un destacado teólogo) pasó gradualmente “a una postura de creyente cristiana”, sin ninguna conversión “dramática y repentina”. Un cristianismo ecléctico el suyo, “hasta un grado sin duda escandaloso para los más ortodoxos”: “Ya sea en Saint-Merri en París, en una iglesia presbiteriana en Palo Alto o en las iglesias anglicanas de Londres o Boston, si descubro fraternidad espiritual y un compromiso activo con mis valores políticos, allí me quedo. Y si la liturgia y la música son de primer orden, mejor que mejor (aunque si me obligan a escoger entre la belleza litúrgica y una conciencia social manifiesta, mi lealtad estaría con esta última: obras son amores)”.
            Aunque opuesta “a su estructura piramidal y a sus rígidos dogmas”, en sus últimos años se sintió atraída por la iglesia católica debido a los movimientos relacionados con la teología de la liberación, sin por eso dejar de sentirse a gusto “en esas iglesias episcopalianas individuales que combinan una fuerte conciencia social con música decente y algo de gracia litúrgica”.
            Otro de los núcleos del libro se ocupa de definir y defender las formas abiertas (propias del siglo XX) frente a las tradicionales. Su análisis de la pausa versal (que muchos poetas tienden a hacer desaparecer cuando leen en voz alta) resulta particularmente ilustrativo. En el verso libre, o en las formas abiertas, como ella prefiere llamarlas, el verso sigue existiendo, conservando su identidad, no es solo una caprichosa disposición tipográfica, ya que “el despliegue del poema en la página puede considerarse una partitura”, esto es, un conjunto “de instrucciones visuales para los efectos auditivos”.
            A William Carlos Williams, a quien siempre consideró su maestro, se le dedican varios capítulos, que insisten especialmente en precisar su lección frente a los numerosos discípulos (la reciente película Patterson lo demuestra) que solo vieron en él una excusa para la facilidad y la trivialidad.
            De la mitología y de su relación con la poesía trata “Caballos alados”. A su correspondencia con el poeta Robert Duncan, que fue su mentor y con quien discutió punto por punto muchos de sus poemas, dedica abundantes páginas y un emocionante epílogo que algo tiene de historia de fantasmas.
            Los poemas –propios y ajenos– incluidos casi en cada capítulo del libro, muy bien traducido por José Luis Piquero, contribuyen al interés de Pausa versal, una reflexión sobre la poesía que, al contrario que la más habitual crítica académica, interesa a todos aquellos a quienes les interesa la poesía, no solo a profesores e investigadores.

sábado, 5 de agosto de 2017

Amélie Nothomb y el crimen de Lord Arthur Savile


El crimen del conde Neville
Amélie Nothomb
Anagrama. Barcelona, 2017.


Desde el mismo título, no oculta Amélie Nothomb el punto de partida de su obra. El crimen del conde Neville remite a El crimen de Lord Arthur Savile, una de las más conocidas y divertidas narraciones de Oscar Wilde.
            Por si esa referencia no fuera suficiente, el protagonista se acuerda, ya en las primeras páginas, de un relato “que cuenta una historia parecida”. Va a la librería del pueblo, compra un ejemplar y lo lee –lo relee, mejor– de un tirón. Incluso nos ofrece un resumen: “A punto de casarse con la hermosa Sybil, de la que estaba locamente enamorado, y en el transcurso de una fiesta en Londres, Lord Arthur Savile hizo que un famoso quiromántico le leyera la mano, y este le anunció que iba a cometer un crimen. Víctima de la desesperación, Lord Arthur se pasó toda la noche dándole vueltas antes de suspender su boda. Tenía que librarse del trabajo sucio antes de unir su destino al de la mujer que amaba”.
            Suspende ahí su resumen el narrador “para preservar el placer de la lectura de los más que probables numerosos interesados”. Acierta al hacerlo. Pocos serán los lectores que no sientan la tentación de buscar y devorar el relato de Oscar Wilde antes de seguir con la novela, o nada más terminarla.
            No quiere eso decir que la historia que nos cuenta Amélie Nothomb sea solo un parasitario homenaje. Vale por sí misma: ágil, llena de quiebros sorprendentes, se lee de un tirón, a ratos con una sonrisa en los labios y a menudo con una sensación de irrealidad y angustia.
            Los personajes tienen algo de figuras de guiñol, parecen seres de otro tiempo aunque la acción transcurre en época actual. Hay un castillo, un noble que pronto se verá obligado a venderlo y que prepara su última recepción, una adolescente desventurada, una adivina impertinente, dos hermanos que se llaman Orestes y Electra, ambos igualmente de rara perfección y hermosura.
            Entre el cuento de hadas y la fábula dieciochesca, El crimen del conde Neville es, como toda literatura que merece la pena, un homenaje a la literatura. Estamos acostumbrados a que, con cierta frecuencia y con revuelo mediático, se nos desvele un nuevo plagio, esto es, un atentado a la propiedad literaria.
            Pero la literatura que vale la pena es siempre un trabajo colectivo. ¿Nos imaginamos al creador del soneto patentando la estrofa y denunciando a todos los que la utilizaran? ¿Es menos grande Shakespeare por tomar de acá y de allá los argumentos de sus obras? ¿Góngora por volver a contar en la “Fábula de Polifemo y Galatea” una historia cien veces contada antes? ¿O Blas de Otero por entretejer tantos versos ajenos entre los suyos propios?
            El crimen del conde Neville recoge los principales elementos del relato de Wilde: hay una recepción, un aristócrata, una profecía, una sorpresa final. Pero todo ello se combina de distinta manera, llegando a un resultado que no desmerece ante el punto de partida.  
            Podríamos encontrarnos solo ante un brillante ejercicio de ingenio, que no sería poco, pero hay algo más. Lo que le da peso a la novela de Amélie Nothomb, lo que impida que pueda considerarse únicamente como un divertido juguete, son los dos personajes enfrentados del conde Neville y de su hija Sérieuse. El primero es un aristócrata empobrecido que no renuncia a cumplir con los deberes que considera inherentes a su clase, aunque para ello deba sacrificarse y sacrificar a su familia.
            Esos deberes se han reducido a una fiesta anual en los jardines que su castillo, una “garden party” convertida en el mayor acontecimiento social de la “remota región de las Ardenas belgas” en que trascurre la historia.
            Sérieuse fue una niña ocurrente y feliz que, al llegar a la adolescencia, como si hubiera recibido una maldición, se transforma en un ser apático al que “vivir le duele como una postura incómoda”. Cuando sabe que su padre ha de cometer un asesinato, se ofrece voluntariamente para ser sacrificada como la Ifigenia de la leyenda de los Atridas (no en vano sus hermanos se llaman Orestes y Electra).
            Una novela dialogada y sucinta, sin un átomo de grasa, que remite al cuento de hadas y al mito, que nos reconcilia con la ambigüedad y la magia de una literatura solo aparentemente menor .